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"¡Qué buen Padre! ¡Qué buen hermano! ¡Qué buen amigo! ¡Qué buen hijo!"
Decía Teresa de Lisieux que deseaba “permanecer pequeña para estar en los brazos de Jesús”. Esto, dicho con otras palabras, balbuciendo constantemente el salmo 130, era lo que intentaba vivir e inculcar a todo el que le rodeaba, nuestro querido Don Antonio, quien descansará en la espera de la resurrección, al abrigo de las entrañas de la roca ostionera, de la Catedral de la Santa Cruz sobre las aguas, su sede episcopal durante más de 18 años, en Cádiz y Ceuta.
Nadie como él ha encarnado con tanta generosidad y claridad las bellas palabras del salmista, que resuenan en los oídos de todos como un eco constante, al recordar su ejemplo, para que también nosotros las hagamos vida: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”.
Sabemos que nada es casualidad sino providencia y acción constante de Dios, que nos va haciendo guiños para llevarnos y acercarnos a su luz. Y así, los que hemos tenido la suerte de compartir muchos momentos de celebración, cercanía, amistad, y caridad pastoral junto a él, hemos podido percibir que su vida no encajaba bien con algunos vocablos y actitudes tan manidas en la vida eclesial.
Palabras como poder, tener, crecer, acaparar, medrar, subir, escalar, acumular, imponer, obligar, distancia, vanagloria, falsa modestia, dignidad del cargo, riquezas, juicio, castigo, y un largo etc no tenían lugar ni resquicio en su vida. Sin embargo, otras palabras tales como pobres, sencillo, humilde, desapego, misericordia, sin molestar, comprensión, perdón, austeridad, sencillez, uno más entre los últimos, padre de todos, sin entrometerse, sin distinciones, se colaban con facilidad en su existencia como un pequeño florilegio, que alumbraba e irradiaba en su caminar.
No crean que no tuvo defectos. Muchos, algunos evidentes; y él, consciente de ellos, se acercaba con generosidad constante al sacramento de la penitencia dando testimonio público de su necesidad de la gracia divina.
La vida de un hombre no es sino la suma y resta de todo lo bueno y débil que uno tiene. Y aquí, con generosidad, salimos ganando en un pastor bueno, magnánimo, generoso, entregado, humilde, sencillo; con olor no sólo a oveja, sino a migrante, a encarcelado, a enfermo, a humanidad, que supo vivir sin miedo su lema episcopal: “In omnibus caritas”.
Su vida nos ha dejado bellas páginas de un libro que no concluye con su muerte. ¡Qué fiesta, la del cielo! Cuando haya escuchado la voz de Aquél que mirándolo con misericordia lo llamó para seguirle. ¡Antonio, Antonio! Ven, entra y siéntate a la mesa del Reino. Y él, con cara de sorpresa buscará un lugar discreto y escondido.
Y volverá a escuchar la voz: ¡Antonio, Antonio! ¡Ahí no, ahí no, chiquillo! Ven, ven, y siéntate aquí entre los pobres, los sencillos, los humildes, los desheredados, los transeúntes, los encarcelados, los trabajadores, los enfermos a quienes visitaste, los desahuciados, los migrantes a quien devolviste la dignidad, levantando tu voz cascada para que todos te escucharan.
Y su rostro resplandecerá al reconocer, a un lado y a otro, a tantos a los que ayudó, confortó, sirvió y amó, dándolo todo. O mejor dicho, de los que tanto recibió, se fortaleció y se sintió amado.
¡Qué buen Padre! ¡Qué buen hermano! ¡Qué buen amigo! ¡Qué buen hijo! Te echaremos de menos. No te olvides de nosotros, e intercede por la Iglesia.
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