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"La sociedad global necesita cambiar, pero en ella existen resistencias inocultables"
No es fácil leer las noticias e intentar comprender los procesos sociales de los últimos 30 años. Quienes a finales del siglo XX sugerían que la democracia liberal lentamente se extendería y que las libertades económicas, por ejemplo, en China, más pronto que tarde transformarían democráticamente la concentración de poder, hoy no logran explicar qué pasó.
Agudamente, Quinn Slobodian señala en su libro Crack-Up Capitalism: Market Radicals and the Dream of a World Without Democracy (2023) que en lugar de que los capitalismos democráticos conquisten el Este, el autoritarismo capitalista del Este parece estar seduciendo al mundo occidental.
A esto se le suman procesos sociales altamente contrastantes: flujos migratorios inéditos y nuevos pasos hacia la exploración espacial; crisis medioambiental acelerada y avances extraordinarios en bioingeniería; inminencia de una posible guerra mundial y la irrupción anárquica de la inteligencia artificial; la tentación de constantes regresiones autoritarias por vía democrática y nuevos anhelos por el respeto a las diferencias; el colapso económico de países como Haití o Cuba y el éxito sin precedentes de compañías como OpenAI. La lista podría proseguir sin límites.
Es así como nos encontramos en medio de una peculiar contradicción civilizatoria: como sociedad podemos tanto y tan poco. Mientras algunos sueñan con la colonización de Marte, otros apenas y pueden sobrevivir en una ciudad como Puerto Príncipe; mientras unos deciden sobre cuándo y cómo dispensar con más eficacia la eutanasia, se dificulta enormemente crear políticas públicas pertinentes para la vejez. Luego de haber vivido una pandemia como la del COVID-19, los aprendizajes sociales son más bien pobres ya que rápidamente retornamos a nuestros hábitos de consumo, de interacción social utilitaria o de franca insolidaridad, como resulta evidente en los escenarios de guerra actuales.
Daniel Innerarity, en su libro La libertad democrática (2023) nos dice: “Si la verdadera crisis de nuestras sociedades es esta y las catástrofes recurrentes son sus recordatorios, entonces tenemos que abordar los problemas de otra manera, más anticipatoria, holística, transnacional, colaborativa y horizontal; las crisis nos están recordando la necesidad de pensar en una nueva manera de hacer política que sea más receptiva para las formas inéditas que tendrá que adoptar en una sociedad que se hace cada vez más imprevisible”.
En este punto, el discurso de los nuevos principios de la Doctrina social de la Iglesia realizado por el papa Francisco, parece entenderse mejor (Evangelii gaudium, n.n. 217-237). No es viable a mediano y largo plazo gestionar la complejidad, la imprevisibilidad o la diversidad con aspiraciones hegemónicas y autoritarias. La única forma pacífica y racional de atender y entender el nuevo mundo que adviene es justamente dando prioridad a la realidad (compleja) antes que a las ideas; privilegiando el todo sobre la parte; anteponiendo la unidad basada en la diversidad antes que el conflicto; y, sobre todo, dándole primacía al tiempo sobre el espacio, es decir, apostando por procesos de largo aliento que siembren nuevos hábitos comunitarios en nuestras heridas sociedades.
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