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Ocho de agosto. Cinco años sin su voz, y sin embargo, más presente que nunca. Pedro Casaldáliga duerme junto al Araguaia, en la pura tierra, territorio de los indios Karajá, en el Mato Grosso amazónico. No hay mausoleo, no hay mármol: sólo una cruz de madera clavada como un verso que la lluvia lee despacio.
El río, testigo de fugas y bautismos, arrulla su tumba. Allí la tierra guarda, como un secreto fértil, la memoria de un hombre que fue raíz y viento. Poeta, profeta, místico y pastor, caminó sin más escolta que la fe, defendiendo a los posseiros, a los sin-poder, a los que no figuran en ningún censo.
Cuando las balas y las amenazas llegaron, el papa Pablo VI habló desde Roma con decisión y contundencia: «Quien toca a Pedro, toca a Pablo». No era protocolo: tocar a Pedro era herir a la Iglesia más comprometida que late en el corazón de los que sufren.
Pedro abría la Biblia como quien abre una herida. “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, a liberar a los oprimidos” (Lc 4,18). No lo interpretaba desde la comodidad: lo vivía a pie descalzo, bajo el sol y la amenaza.
Su Evangelio no cabía en los altares dorados: se rezaba en los campamentos de lona negra, en las chozas de barro, en las asambleas a la orilla del río. Allí aprendió que la cruz no es un adorno, sino el peso real de la historia sobre los hombros de los pueblos crucificados.
Pensar desde el reverso de la historia es mirar el mundo desde abajo, desde la última fila, donde los títulos no valen y la palabra “hermano” es más fuerte que cualquier decreto. Allí descubrió que el poder fabrica mentiras, que la ley se vende, y que la verdad, si no incomoda, no sirve.
"En las aldeas lo llamaban hermano; en los despachos, agitador"
En las aldeas lo llamaban hermano; en los despachos, agitador. Él sabía que ambas cosas eran ciertas. Su táctica: ternura con filo. Amor que incomoda, amor que desobedece.
Su vida fue “fraterna y subversiva”: fraterna, porque nadie quedaba fuera de su abrazo; subversiva, porque ese abrazo desobedecía las fronteras y las jerarquías. Denunció desalojos como si fueran crucifixiones de hoy, y a cada expulsión le respondió con campamentos de dignidad.
Sus cartas pastorales eran evangelios insurrectos, poemas de combate, salmos escritos con barro y sudor. Hablaba de la tierra como sacramento, y de la lucha como liturgia.
“No teman a los que matan el cuerpo” (Mt 10,28), repetía. Y él mismo no temió. Morir de pie como los árboles era para Pedro un modo de vida: con raíces profundas en la tierra y ramas abiertas al cielo. Sabía que la coherencia sangra, pero la mentira mata.
Su último viaje fue ligero: llevaba sólo la certeza de que la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. El Araguaia, testigo de sus lágrimas y sus carcajadas, lo recibió como un hijo que regresa.
Hoy su nombre navega en las canoas de los Karajá, arde en las marchas campesinas, se pronuncia en las oraciones comunitarias. Pedro sabía —y ahora lo sabe para siempre— que el Reino comienza en la orilla, en el reverso, en la última fila… donde el amor es siempre un acto de rebelión.
"Hoy su nombre navega en las canoas de los Karajá, arde en las marchas campesinas, se pronuncia en las oraciones comunitarias"
Y allí, en la Amazonía que lo adoptó, Pedro sigue siendo árbol: raíz que resiste, sombra que acoge, fruto que alimenta, viento que susurra al oído de los vivos: no calléis, no os rindáis, no temáis.
No dejó herencias, dejó caminos. No construyó templos, construyó comunidad. No firmó tratados, firmó vidas con su presencia. La suya fue una santidad sin escaparates, una profecía que nunca se rindió al aplauso.
Pedro vive en cada gesto de justicia que germina en el barro, en cada voz que se alza contra el miedo, en cada abrazo que atraviesa fronteras. Y como los árboles que mueren de pie, Pedro sigue de pie en la memoria de los pueblos de América Latina.
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