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"Los últimos, los del pesebre, os evangelizan a vosotros y a vuestras teologías y liturgias"
Llega el día, cuenta el evangelista, en que... un niño está… “recostado en el pesebre”. El extraordinario mensajero les dio la pista definitiva: “el pesebre”. El “pesebre” es citado en San Lucas como el gran signo de identificación (2, 12). Designar otros representa un fraude y conduce al desatino, he leído impresionado por ahí. La Salvación nace en las afueras, “tan alejada de los centros de poder, del dinero y el consumo, que solo tiene hueco más allá de todo: en el comedero de los animales". Amén.
Y ahora ¿qué? Pues que la comprensión más rotunda de todo lo demás, el cristianismo, tiene en ello su argamasa; no vale decir “más allá de esto...”, o “más que ética, se trata de la vida y su sentido”, o “junto a esto y a su lado”, y saltarse ese lugar marginal del Mesías para dar cuerpo a una metafísica religiosa que satisface mucho, pero que no es el núcleo del cristianismo. Por tanto, no es “al lado de esto”, o “más allá de esto y de la ética”, sino desde esto y con ética en todo; por tanto, trenzado, más aún, en mezcla indisolublecomo la levadura en la masa, ¡en unión sacramental de todo!
Desde este presupuesto -que no prejuicio mío- surge este Evangelio de Cristo; si el pesebre como lugar histórico y hermenéutico desaparece de la fotografía inicial, o es ornamental a la imagen "cristológica" del niño, ya toda expresión de la fe va a crecer al lado de eso, pero sin asumirlo como referencia de verdad creída, verdad pensada y práctica cristiana liberadora.
Y lo que digo de la teología, digo de la Iglesia, digo del sacerdocio y digo de todo lo que es fe creída, pensada y practicada. Por mucho que el Espíritu nos revele, paso a paso en la historia, el significado más completo de la salvación integral, la experiencia hermenéutica primordial es un niño marginado, "envuelto en pañales y en un pesebre", y así hasta la cruz y la vida plena. Otras formas religiosas de ver el cristianismo son más asequibles al hombre y la mujer de hoy, y tienen más futuro para recuperar un lugar cultural y social de sentido, pero, ¡ay!, son más religiosas que cristianas.
Este es el problema de algunos movimientos eclesiales que tantas esperanzas despiertan; repiensan en lo posible el desconcierto cultural de Occidente, pero no pueden revelar el camino terreno de Jesucristo; y, entonces, tienen que decir y dicen: “más allá de esto”, o “no es esto, sino más profundamente que esto”... es decir, siempre el mismo modo de llegar a Dios, sin pasar por la historia humana de Jesús y la propia; pero la entera vida, no la del alma encarcelada en el cuerpo; quieren evangelizar, pero apenas pueden elevarse sobre un proselitismo voluntarista lleno de silencios sobre el Cristo samaritano y no clérigo que es Jesús. No se trata de enemistad, en lo que digo, sino de no bajar del Tabor diciendo que allí han encontrado por fin al niño.
Lo entiendo, es muy tentador, pero ese es un cristianismo sin el niño del pesebre y de la cruz, sin verlo en el centro y contar por qué fue así y sólo pudo ser así; o de otra manera análoga, pero así. Aseguro que pongo todos los oídos por escuchar algo de esto, pero la religión pesa demasiado y el mesianismo samaritano de Jesús, su grandeza ontológicamente kenótica desde el pesebre hasta nuestro días, la cristiana, no encuentra su espacio si no es en clave “cultual”; y es así, por más que una teología de primer nivel universitario lo disculpe y legitime. El orden eclesial y esa teología predicada se retroalimentan fuera del pesebre, de los desvalidos y de la historia con sus límites.
Cómo se plasma lo que digo en un empeño pastoral y organizativo, sinodalidad dicen ahora, es otra cosa y nada fácil, pero la referencia axial del viejo cristianismo es clara: los últimos, los del pesebre, os evangelizan a vosotros y a vuestras teologías y liturgias. Paz y bien. Feliz Navidad.
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