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El cine a través de los ojos de la Teología
Mayo: un mes, como cualquier otro, de finales y nuevos comienzos; un mes durante el cual se estrenó en España la película “Misión imposible: Sentencia final”. Puede que esta no fuera la mejor película estrenada en este periodo, pero fue sin duda la más esperada y celebrada (entre otras cosas porque era el final de algo que había existido y entretenido a millones durante décadas).
Así que la película que os traigo hoy es el “canto del cisne” (¿lo será?) de una saga cinematográfica casi muerta hace tiempo y que sólo sobrevivió gracias a la nostalgia ególatra de Cruise, a las explosiones astringentes, a la música fosfórica de Schifrin y al borrar digital de los cables que sostienen en pie a ese actor en las escenas más banales (y ni siquiera hablo de las que contienen acrobacias). De hecho, las obras de esta producción nunca han alimentado vínculos emocionales con sus figuras, y mucho menos una narrativa amplia y temáticamente resonante. Pero no cabe duda de que hubo siempre algo que se quedó con nosotros –y esta película no es diferente.
Y lo que queda es una película de acción entretenida y envuelta en un sentido sinfónico de peligro pretenciosamente apocalíptico. Y esto se debe en gran parte a la música perfectamente elaborada, a los escenarios encantadores y a los actores francos y esforzados. Entre estos, me gustaría destacar a dos: Bassett (que dota a esta obra de una firmeza sin pretensiones) y Tillman (suave, tenso, divertido y sinceramente impecable siempre que aparece en escena).
Tuve un pariente que, al salir de casa, solía decir incesantemente: «Aquí voy otra vez a salvar el mundo». El otro día, cuando alguien (saliendo de una Eucaristía) le dijo a otra persona algo así como «afortunadamente tenemos un Salvador», ésta le contestó: «¿Salvador? Sólo si es el Santo y Doce». Es la realidad: vivimos en una época en la cual, como ocurre con otros vocablos, la palabra «salvación» (casi un epíteto para el personaje interpretado por Cruise) ha perdido su significado cristiano, porque la gente no la ve como algo que pueda asociar a su vida cotidiana.
Este es uno de los resultados de la (nueva) evangelización que no ha dado los frutos deseados, sobre todo porque los (nuevos) evangelizadores no han evangelizado, debido a: una teología indefinida que apenas merece su nombre; una formación acuosa (incluso donde pudo existir); y una incapacidad de, yéndose para el terreno, aceptarse que las palabras que vierten nuestra fe no se detienen en sí mismas, sino que van hacia algo que indican y que tal vez haya que decir con otros y nuevos términos. Nuevos, sí, pero sin decir menos que los ordinarios y estando, en simultaneo, llenos de significados fecundos para nuestros días.
Por otro lado, ante la fascinación (y también miedo) de una IA que se expande de metástasis en metástasis de falsas noticias, confianzas, concordias, informaciones y amigos (y que es acertadamente apodada en esta película de «anti-Dios»), ¿de qué aspirará uno ser salvo? ¿Y cómo? Se trata, como señalé al principio de este texto, del auge de múltiples, vanas e incluso fútiles y siniestras “salvaciones” horizontales sin relación alguna con Aquel que liberó nuestra libertad del cautiverio que ella sufre bajo la ignominia del egoísmo. Es más, desde aquí llevamos, para el nuestro diálogo creyente y evangelizador, toda una serie de calificativos sobre Jesús venidos desde donde las personas acuden esperando tener experiencias “salvíficas”. Por eso mismo, se Le califica de: “marxista”; “antinatalista”; “revolucionario”; “gran psicólogo”; etc.
Pero incluso en “Misión Imposible: Sentencia final”, la esperanza de “salvación” viene de una llave cruciforme. No perdamos tiempo hablando de realidades subalternas. Centrémonos en lo esencial (Dios es Amor y vivir para los demás en la Iglesia es estar ya en Él) y, actuando de acuerdo con las opciones mesiánicas de Jesús, tengamos a Éste por Meta mediante el servicio amoroso y gratuito a los mencionados demás. Justamente el servicio que (sacrificando, en nosotros, nuestro “ego” y buscando el bien universal lejos de una ética proporcional) es la entrega de la Vida y la realización secreta (y lejana de las penurias luctuosas de sus vidas) de los sueños de todos aquellos a quienes nos ofrecimos.
(Reino Unido, EEUU; 2025; dirigido por Christopher McQuarrie; con Tom Cruise, Hayley Atwell, Ving Rhames, Simon Pegg, Esai Morales, Angela Bassett y Trammell Tillman)
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