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"La Navidad estaba en el calor de esa risa que prometía un mañana mejor"
En una noche de diciembre, cuando el mundo parecía dormido bajo una luna distraída, una mujer recordó lo que había dejado atrás: un país que no supo retenerla, una casa que era más de viento que de ladrillos, y un árbol que, aunque un poco seco, había sido su sombra más fiel en las arenas del desierto .
Ahora, que había llegado a una tierra ajena, este dia a finales de diciembre, era una ventana iluminada en la casa de otros, un idioma que le rozaba los labios sin calzar del todo, y un trabajo que le gastaba las manos pero no el alma. Había llegado en barca, con su familia, mientras las estrellas modestas, no las grandes , escribían torpemente en el cielo , las palabras paz, justicia y solidaridad
Sin embargo, aquella noche, a aquella mujer en el rincón más pequeño de su cuarto, en un barrio extremo, la despertó una chispa minúscula. No era una estrella, ni una vela, ni siquiera el eco de los villancicos que sonaban lejos, sino la risa de su hija. Esa risa que cruzó con ella océanos, fronteras y desiertos, y que se negaba, entonces , a morir. Aquella mujer la volvió a escuchar ahora como si fuera una oración: dulce, testaruda, invencible.
Esa risa de nuevo llenó el cuarto vacío. Lo llenó tanto que desbordó por las grietas de las paredes, salió al pasillo, y se mezcló con el olor del pan que alguien horneaba en una casa vecina . Se escuchó entre las luces que parpadeaban en las calles, y hasta el viento que pasaba por la ventana, la llevaba consigo.
Y entonces, aquella mujer entendió. La Navidad de la que le hablaban no estaba en los árboles cargados de adornos ni en las mesas llenas de las que le contaban, ni en las luces y los escaparates de la gran ciudad . Estaba en resistir, en recordar, en amar lo que se tiene aunque sea pequeño, aunque quepa en la palma de la mano. Estaba en el calor de esa risa que de nuevo escuchaba y que prometía un mañana mejor, un día sin miedo, una tierra que también pudiera llamar hogar.
Así, aquella mujer , que creyó en la esperanza, plantó la sonrisa de su hija en un rincón de la noche. Y esa esperanza, como toda semilla, comenzó a crecer, callada pero firme, hacia la luz. Aquella luz que su esposo guardó en el farol . Con él alumbró el rostro de su hija.
A su hija le llamaron - por indicación de unos amigos cristianos- Manuela.
Como el nombre de Aquel de la Palabra encarnada
Y le cantaron como un susurro, la Nana de la Esperanza
“Manuela,
¡Ea! ¡Ea!,
duerme, niña hermosa,
duerme, duerme,
bajo luna rosa.
¡ea! ¡Ea!,
la noche te abraza,
duerme, niña hermosa,”
que el día te alcanza.”
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