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"Sin saber cómo y por qué murió una persona, sería una temeridad su beatificación"
El tiempo corre que vuela, y se nos acerca una de las fechas que con mayor relieve recordarán historiadores y hagiógrafos. Se trata de la beatificación del papa Juan Pablo I, - el de la sempiterna “sonrisa de Dios”-, sin darle tiempo a hacer otra cosa en sus breves 33 días que ejerció como “Sumo Pontífice”. Ceremonia tan solemnísima será presidida por el papa Francisco en la basílica de San Pedro, en el Vaticano, con sobradas razones para ser hito y referencia excepcional en la historia de la institución eclesiástica.
Desde el convencimiento de la inveracidad e inverecundia, como opinión generalizada, de que la repentina muerte del papa, a sus sesenta y seis años de edad, debida a “causas naturales”, las versiones fueron, y siguen siendo muchas y la mayoría de ellas no coincidentes con la impartida por los correspondientes órganos vaticanos e “informadores religiosos oficiales”. De la existencia del libro del Kempis en mesilla de noche, nada de nada. De la taza de té y de su contenido, servido por la monja, de la que jamás se volvió a tener referencia,” idem de idem”. Tampoco hubo referencia alguna de los folios del informe que hubiera mandado hacer r Albino Luciani acerca de las corrupciones y corruptos que entonces vivía “en” y “de” la Iglesia.
Sin saber cómo y por qué murió una persona, y más si es papa, sin efectuarle la autopsia- examen anatómico – al cadáver, sería una temeridad su beatificación y posible canonización posterior, lo que le significaría al pueblo de Dios desasosiegos muy preocupantes y hasta denunciables.
El papa Juan Pablo I, con recuerdos agradecidos a sus antecesores Juan XXIII y Pablo VI., completará el listado de cuatro papas sucesivos elevados al honor de los altares, algo que tan solo había acontecido en la historia de la Iglesia desde el siglo XI. .
La historia refiere que Albino Luciani nació el 17 de octubre de 1912 en el pueblo italiano de Forno di Canale , y que con razón fue apodado “el niño mendigo”, por demandarlo así la condición familiar de extrema pobreza en la que se criaba, hasta que a los doce años ingresó en el Seminario. Consagrado sacerdote n 1958 y posteriormente arzobispo -patriarca de Venecia, nombrado cardenal por Pablo VI el 5 de marzo de 1973, hasta su elección pontificia el 26 de agosto de 1978 , con el número 262 del listado de los papas.
Además del gran capital de su sonrisa pacificadora, convencidamente cristiana y evangelizadora, la humildad, la sencillez, la transparencia, el amor a los pobres, la preocupación por la promoción de los más vulnerables, la aversión a cualquier signo de corrupción y más la bancaria, fueron su corona pastoral. Posiblemente, y para muchos, una de las causas que, con el tiempo, explicarían su muerte, con alusión al nefasto arzobispo, posiblemente cardenal “in péctore”, por voluntad de Juan Pablo II, con referencias explícitas al banco del Vaticano, a cuya integración en el mismo de los fondos de la entidad veneciana se había opuesto denodadamente Luciani.
“Pastor del pueblo” , “catequista” y “precursor del papa Francisco”, “mañanearon” y pintaron el cielo de luces y estrellas – Luz-ciani”- de su escudo pontificio, en el que está de más la “tiara”, impuesta por los protocolarios de turno.
En relación con los milagros “exigidos” para hacer –“declarar”- beatos a los aspirantes a santos, es preferible dejar la reflexión para otro tiempo y ocasión. La mayoría de tales pruebas no cuentan con la firma científica y certificadora de los mismos expertos en tales materias, o resultan muy cuestionadas. En el caso del papa Juan Pablo I, su protagonista “milagreada” es una -¡otra¡- niña de once años de edad, en la que se dieron cita diversas y graves enfermedades, alguna de tipo epiléptico. Gracias a la iniciativa del sacerdote José Dabusti, y al personal sanitario de la UCI de un hospital de Buenos Aires, con promesas y rezos encomendaron a Dios su cura y sanación por intercesión del “brevísimo” papa Albino Luciani.
Un santo más y de los más cuestionados, a cuya clarificación de las causas reales -que no oficiales- de su misteriosa muerte, es posible -indispensable- que arrojen haces de luz y de verdad los procesos seguidos por la Sagrada Congregación de las Causas de los Santos.
¿Albino Luciani, mártir? ¿El papa Juan Pablo I, confesor? Son preguntas cuyas repuestas canónicas habrá de avalar la historia, con ocasión de la ya próxima elevación a los altares. La recientemente creada “Comisión Interdicasterial” para controlar el éxito de la reforma proyectada por el papa Francisco, es posible que contribuya a la resolución y decencia de estos y otros graves problemas.
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