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"Un gran obispo-pastor, de esos que son necesarios en nuestro tiempo"
Fui durante nueve años su vicario general. Puedo decir que es uno de los hombres más sabios que he conocido. Y no por todo su “saber”, que era mucho. Sino por su capacidad de escucha atenta, su mirada profunda y amable a la realidad y por su corazón inquieto que le movía siempre al dialogo, el acercamiento, a tratar de dar una respuesta sincera y honesta a la realidad, lo mismo eclesial que social, pero procurando no herir. Era un hombre muy inquieto y muy inteligente. No se conformaba con la primera respuesta, la primera redacción de un texto. Siempre volvía a preguntar, escuchar… hasta llegar a una conclusión.
Era un gran creyente. Primaba siempre en él la mirada evangélica, el amor a la Iglesia, una oración sincera. Por eso era siempre de un talante positivo. Él creía que su principal misión en la Diócesis era animar. Por eso escuchaba, preguntaba y animaba. Pastoralmente era netamente renovador e inconformista. No se conformaba con cualquier cosa.
"Pastoralmente era netamente renovador e inconformista. No se conformaba con cualquier cosa"
Era un hombre de equipo. Contaba siempre con sus colaboradores, a quienes escuchaba atentamente poniendo en ellos toda su confianza. Al mismo tiempo era libre para seguir la voz de su conciencia y actuar con honestidad. Cuántas veces repetía: “es mejor ponerse una vez rojo que mil amarillo”. Afrontaba los problemas sin huir de ellos, pero procurando no herir.
Fue un gran amante y agente de paz entre nosotros. Le hacía sufrir mucho la violencia, los enfrentamientos y las violaciones de todos los derechos humanos. Probablemente por ello fue, más de una vez, incomprendido y denostado. También en este terreno de la paz su corazón inquieto y de pastor bueno le llevo escuchar y estar con todos los que quisieran, le condujo a reflexionar y escribir de modo hondo y sabio. Eso mismo le llevó, soy testigo de ello, a encontrarse con personas víctimas de la violencia, de un género o de otro. Fue un hombre de encuentro y dialogo también en este campo de la paz y la reconciliación entre nosotros.
En definitiva fue un gran obispo-pastor, de esos que son necesarios en nuestro tiempo. Un hombre del Concilio Vaticano II, un hombre “moderno”, de nuestro tiempo, sin la mirada puesta en el retrovisor, nada “Institucional” o “jerárquico”, sin añoranzas del pasado, sencillo en su porte y cercano. Un obispo de esos que se dice son “ franciscanos”, según el modo del papa Francisco. Nunca le preocuparon los “ropajes eclesiásticos” y ni los “ceremoniales episcopales”. En todo sencillo pero hondo, verdadero.
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