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"Estamos atisbando pasos cortos y un cauce estrecho de esperanza"
El gran Hipócrates lo decía: la vida es breve, la tarea larga. Y así es, sobre todo cuando hablamos de supervivientes de abusos y agresiones sexuales, esos menores de edad que un día sufrieron en su integridad el ataque más perverso que pueden padecer niñas y niños en pleno proceso de formación de sus personalidades.
Acaba de surgir a la luz pública el informe de los Legionarios de Cristo, un reconocimiento tardío de una práctica abusiva estructural que era conocida por Juan Pablo II y que el Cardenal Sodano también se esforzó por ocultar, loando y protegiendo al principal pederasta, Maciel, y ninguneando a sus víctimas de un modo miserable y a todas luces incoherente con las actitudes que se venden desde la religión católica.
Es cierto que estamos atisbando pasos cortos y un cauce estrecho de esperanza con respecto al trato que desde el Vaticano se venía dando a los casos de pederastia en sus filas.
También es cierto que no todas las conferencias episcopales del mundo están actuando del mismo modo y con la misma urgencia debida, siguiendo las instrucciones del Papa Francisco.
Incluso hay cardenales y obispos en la España del incienso, la mantilla y el perdón que continúan con su afán desmedido de allanar el camino de los victimarios y poner palos en la rueda de las víctimas, incluyendo desprecios, actitudes negacionistas, cinismo crónico y re victimizaciones.
Haciéndonos creer que dan pasos adelante cuando en realidad son para atrás. Es evidente que el trabajo es largo y la vida breve, y la inmediatez es ya una obligación pues no es de recibo que la Iglesia de Pedro, sus congregaciones y prelatura, sigan mirando para otro lado, realizando movimientos desganados y acusando a sus víctimas de verdugos y blanqueando a sus delincuentes, cuando cada vez son más y más las denuncias de tan graves delitos.
No resulta de recibo que como en el caso de los Legionarios de Cristo, se espere al óbito de los pederastas para salir llorando a reconocer parte del daño perpetrado. Los y las supervivientes de ataques a la integridad sexual por parte de sacerdotes y religiosos precisan un reconocimiento, es evidente, pero formando parte del mismo también una reparación. Y de esta se olvidan de un modo nefasto e imperdonable.
El trabajo a realizar con los y las supervivientes no tiene que ser tan largo, porque sus vidas son breves y antes de irse al otro mundo, como sus victimarios con votos y alzacuellos, con o sin sotana, curas o religiosos, necesitan estabilizar su vida e intentar, al menos, ordenar las piezas del puzzle que un macabro día un pederasta desordenó.
Son la Iglesia y su prelatura y congregaciones, y sin duda también los poderes públicos, quienes deben capitanear ese reconocimiento y esa reparación. No dando largas. No afirmando que de momento no lo harán.
No retorciendo una y otra vez el puñal de la desvergüenza y la falta de misericordia en el corazón de sus víctimas, sino actuando de veras como una madre, con empatía, afecto y solidaridad, pero no solo con palabras y movimientos tenues y falsos, sino con hechos.
Esperamos hechos y los esperamos de un modo inmediato y urgente, porque hasta ahora solo se ve la insoportable levedad del ser, unida en casos como España e Italia y sus respectivas jerarquías eclesiásticas, a tramposas conductas poco relacionadas con los legendarios principios del catolicismo.
Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus.
Y seguimos esperando.
Aequam memento rebus in arduis servare mentem.
Y creo que los supervivientes ya han demostrado, hemos demostrado, suficiente y admirable serenidad.
Hagan sus deberes, no como limosna. Sí como una misericorde y humana obligación. La causa, desde luego, lo merece.
Juan Cuatrecasas Asua
Presidente Asociación Infancia Robada
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