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Carta de un cura al Papa Francisco
Acabo de leer su carta, Papa Francisco, dirigida a todos los sacerdotes del mundo con motivo del aniversario del Santo Cura de Ars. Las vacaciones me han permitido leerla con paz y con calma en medio de las actividades tan fecundas que me depara el verano.
Al recibirla me ha llenado de consuelo, de ánimo y de ganas de seguir adelante, comprometiéndome en el deseo de transformarme para ser mejor pan para el pueblo y más enraizado en Jesús de Nazaret, que ha sido que nos ha elegido, sabiendo de nuestras flaquezas.
Y necesito hacer eco, responder, desde mi pobreza y singularidad, a los sentimientos compartidos. Agradezco el tono paterno y fraternal de la misma, sobre todo en estos momentos, donde a veces nos podemos sentir desnortados ante una realidad que se impone y nos pilla desprevenidos.
Comienza usted haciendo referencia a todos los que intentamos en nuestro foro interno dejarlo todo, y batirnos en la trinchera de la vida y de la historia dando la cara y cuidando del pueblo de Dios, sabiendo que no es nuestra propiedad, sino que nosotros somos de ellos, y no como siervos sino como amigos del que envía.
Entiendo perfectamente su primer deseo para todos los sacerdotes ante la realidad que estamos viviendo, nos habla del dolor de los que han sufrido abuso de poder y de conciencia, incluida la sexualidad, por parte de los sacerdotes, y nos pide que si, en otro tiempo, hubo omisión hoy no puede haber nada más que conversión, transparencia, sinceridad y solidaridad con las víctimas por nuestra parte.
El punto de partida no puede estar más claro, hemos de dejarnos afectar personal y colectivamente por los problemas y ser fieles a nuestra misión, apostando por jugarnos la vida por el evangelio en tiempos de turbulencia. El dolor no deber paralizarnos sino lanzarnos a buscar una mayor pureza y enraización evangélica.
Nos dirige con ternura a mirar con gratitud la vida ministerial y nuestra vocación, a hacer lectura creyente de lo que vivimos y a reconocer existencialmente cómo se ha desarrollado nuestra vocación para la vida y la comunidad.
Me alegra que me invite a algo que intento hacer casi siempre que me paro interiormente para recolocarme y reanimarme en el espíritu, volver a los pasos, momentos, personas, decisiones, experiencias…en las que he sentido con claridad y con pasión la presencia y la fuerza del espíritu para la misión, alimentarme de la propia vida y poder descubrir que Dios se ha valido de mi, incluso allí dónde he sido más débil y más pobre.
Hasta mis heridas han sido lugar de su fuerza sanadora para los otros, así como para mí mismo, ¡cuántas veces me he sentido sanador herido en la misión! Lo mismo me ha ocurrido, estoy totalmente de acuerdo, con las heridas y los límites de otros.
Tras la invitación a la alabanza y la gratitud, se empeña en darnos ánimo y a prevenirnos contra las tentaciones que más pueden acecharnos en el momento presente, me parece de una gran lucidez lo que nos indica tan sencillamente.
Lo primero está claro, es aceptar nuestros límites y debilidad, nuestra insignificancia social, y no dar rodeos ante el sufrimiento y la realidad. Nos previene de los revestimientos de falsa espiritualidad y racionalización para el escapismo personal y comunitario.
Y lo que me parece más directo y que más me toca, a lo que vengo dándole vueltas últimamente, es a la tentación de la acedia, esa en la que el sacerdote dejándose llevar por la tristeza apostólica, ante la dificultad, el desánimo, los fallos, las noticias, las deserciones, los escándalos, casi sin darnos cuenta, nos esteriliza, nos acostumbra y nos volvemos sosos como la sal que de nada sirve ya.
Ante sus palabras yo quiero cuidarme para seguir despertando cada día, para pasar del peligro del desánimo a la fe, me anima saber que el papa, se dirige a Jesucristo, y junto a Él, ruega para que a mí no me falte la fe.
Me comprometo a los dos retos esperanzadores que me propone, el primero cuidar mi vinculación con Cristo, su evangelio, con los otros apóstoles, meterme en mi interior y cuidar la espiritualidad sana y encarnada, enraizada en el pueblo en sus heridas y sus alegrías, con corazón y sentimientos de verdadero Pastor.
Y desde ahí, la vinculación con la gente, con el pueblo, con la calle, con la vida, con el olfato de los sencillos que saben vencer dificultades nuevas con espíritu firme y convencido. Y me uno al espíritu de la alabanza, al que nace de los más pobres y de los más sencillos de la historia, la alabanza que no viene por el éxito o el poder, sino por la fecundidad y la gracia de lo auténtico, lo sencillo y lo fraterno.
Apuesto por la renovación y la esperanza desde mi pobre persona y ministerio.
Gracias, Papa Francisco por confortarnos en la fe y en la misión.
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