Tres purpurados electores y diez no electores
Cuántos cardenales españoles hay hoy: 13+4
"¿Sabes si las hormigas de esperanza pueden con las ballenas de tristeza de sus hombros?"
Un 31 de julio un jesuita solo puede escribir guiado por la mano de Ignacio. O peregrinar (como es mi caso) llevado de su mano, más exactamente. Esto es lo que yo hice. De su mano a Loyola. A dar gracias a Dios por la Vida y comprometerme para que todos la tengan. Especialmente por los muertos en vida. Y allí he acompañado (o he sido acompañado por) el nuevo éxodo bíblico. El de los Emigrantes y Refugiados de hoy -en el País Vasco y en el mundo entero- buscando su tierra prometida para hacerla también suya. Porque de ellos es toda la tierra. Como lo es tuya y mía, de este y de aquel, si nos organizamos bien. Porque no solo son suyos los fondos de los mares a donde les arrojamos, como acaba de suceder terrible y escandalosamente en Libia con 150 migrantes que “hemos “ dejado morir en un pecado mortal por omisión. También es suya la tierra (la casa común) que el Señor nos dio en heredad.
Paso a paso. Verso a verso. Haciendo un via crucis instalado en la antigua Huerta de Loyola con escenas de migrantes de los cinco continentes. Sumándome al silencio, incluso al mediodía, de muchos paseantes que parece que caminan de puntillas para no romper “esos baños de silencio” (Paul Claudel) que todos necesitamos y que este marco nos regala. Y para que, de este modo, también se pueda escuchar el rumor del río Urola a nuestro lado. Rodeando por los caminos laterales al jardín central que contiene la espléndida estatua del vasco más universal de la historia. Es de Antonio Oteiza. En el centro. Como un gigante. Su bordón de peregrino arrojado al suelo y su hatillo sobre la tierra. Como un gigante, repito. Humillado ante Dios, en tierra vasca (como juraban algunos lendakaris). Delante de una pequeña mujer –que parece más pequeña si cabe ante ese gigantón- con un niño en brazos (Virgen de Aránzazu) que supo lo que era huir y buscar refugio. De esto quiero hablaros: de los refugiados adonde me acercó Ignacio hoy. Que de acompañar a los sufrientes sabe un poco.
Porque de ellos es toda la tierra. Como lo es tuya y mía, de este y de aquel, si nos organizamos bien
Lo he intentado. Mirarles a los ojos. Incluso lo hice alguna noche pues los 15 paneles con muchos rostros y miradas con los que entrecruzarse llevan iluminación LED -como luciérnagas en el camino – para poder visualizarlos. Es una iniciativa ejemplar que quiero modestamente poner en valor. Esta es una oferta de la ONG jesuita Alboan (en concierto con el Santuario de Loyola), que canaliza una labor organizadamente, blanco sobre negro, desvelando la cruda realidad de las y los migrantes. Y que descubre –y esto no es simplemente una bonita exposición sino un itinerario vital– sus dolores y tragedias no solo en sus viajes de tránsito, sino en sus países de origen y en los de su destino. Acciones como esta que pueden ser paradigmáticas para otros grupos y gentes que impulsan el acompañamiento, el servicio y la defensa de los refugiados y migrantes (valores bien ignacianos por cierto). Justicia y solidaridad. Acompañando a los Migrantes vemos que no se trata “solo de migrantes” sino también de nuestros miedos como nos recuerda el lema del papa para la Jornada mundial de este año.
“¿Has entrado en los ojos de un refugiado?” En la fotografía del cayuco saliendo del Senegal para intentar llegar a Canarias, el precioso y brillante azul marino que sirve de fondo me llevaba dolorosamente a dejarme atravesar por las miradas que quizás desde el fondo del mar están esperando –desesperadamente- de nuevo salir a luz. Y a su lado otro panel y su foto me cegaba con otra luz. Como contraste. Esta vez amarillenta y cálida: En terrenos casi desérticos donde un tren mexicano va descargando a trompicones seres humanos tristes, dolientes… Son jóvenes (no ahogados , todavía, en el Río Bravo) que me preguntan “¿sabes lo que es dejar tu infancia y tu adolescencia en un lugar para ir a buscarte lejos de quien fuiste?”.
“¿Has ido descalzo por los pasillos del dolor que se abre en sus cabezas?”. Me lo dicen las mujeres del Congo que transportan sacos de coltán y que parece que quieren salir del mural para acompañarme en el camino. Descalzas por caminos polvorientos y con el dolor en sus espaldas hecho peso y más peso que solo piensan en llegar al terminar la larga jornada y quizás besar a alguien (¿su hijo?). ¿Sabes si las hormigas de esperanza pueden con las ballenas de tristeza de sus hombros?
Claro que las he visto. Pero hay que pararse ante ellas. Esto último es imprescindible. Esta vez los refugiados en el corazón de Loyola me “obligaban a hacerlo”. Detenerse. Y saber mirar. Así me susurraba Ignacio al oído. Detenerse y saber mirar. Y comprometerse. Que bien nos lo dice Martin Iriberri, jesuita que nos está dando Ejercicios. Y descubrir casi como escondido a un niño de la guerra (quizás hijos de unos padres de los más rotos del mundo) que desafiante entre muchos adultos saca su lengua, mientras su mirada destila el odio que ya le hemos inculcado. ¿A quién escupe o a quién desafía? Probablemente a mí que no sé acompañarles y añada “¿Sabes que mi padre es refugiado?”. Quizás tengo que hacer como Ignacio. Dejar mi ropa y mi mucho equipaje por los suelos, para quien quiera recogerlo… Y seguirles con su cruz (y con la mía) a cuestas.
Quizás tengo que hacer como Ignacio. Dejar mi ropa y mi mucho equipaje por los suelos, para quien quiera recogerlo…
Una niña intenta romper esas vallas con un arrugado papel como única arma que levanta al cielo donde ha escrito un “S.O.S” que vale por todas las pancartas del mundo. Mientras su jersey rosa con dibujos infantiles apunta a la inocencia que le invita a seguir jugando, y los pendientes en forma de estrellas y las uñas pintadas de rojo gritan sin hablar que quiere llegar a ser mujer adulta y… libre.
Los he visto. En la Primera estación huyendo de la guerra en Masisi, al este de la República Democrática del Congo. Síntesis de las migraciones que forman parte de la historia de la humanidad y que nos recuerda que todos somos descendientes de migrantes. Y en la segunda estación: huyendo de la guerra en Siria a su paso por Hungría rumbo a Alemania. Gotas de agua. Cada una de ellas por sí sola son reflejo de los más de mil millones de personas obligadas a abandonar su tierra de nacimiento en las últimas décadas mientras provectos católicos acusan hipócritamente al Papa Francisco de promover la migración ilegal (¡Que Dios les perdone!). Oleadas de seres humanos a quienes también algunos católicos -insisto- atacan a la Iglesia por acoger a Cristo en ellos mientras ni siquiera se atreven a mirarles a los ojos. Qué sabrán ellos del trabajo solitario o en Red que hacen anónimamente, o coordinados, miles de católicos (imprescindible esto de seguir trabajando en red si queremos dar voz eclesial común). Oleadas de empobrecidos, que muchos quisieran invisibles o fuera de su vecindad (los pobres siempre molestan). Como un tsunami humano (por cierto la exposición también habla de los refugiados ambientales). Y en la tercera, y en la cuarta estación… Hasta quince evocadores paneles de millones de fugitivos de la vida imposible.
Lo acabamos de ver en Libia: La nueva tragedia que vuelve a dejar en evidencia la falta de medios suficientes de salvamento en el Mediterráneo central, donde en este momento no hay embarcaciones de ONG. Ahí donde “amenazan, criminalizan y expulsan a los barcos humanitarios y luego los cientos, miles, de muertos no serán responsabilidad de nadie", como denuncia Open Arms.
Yo lo intento, en el día de San Ignacio. Quien no se ciñó a su personal dolor en la pierna quebrada (que no le dejó en casa ) sino que – como escribió mi Provincial P. Antonio España s.j– “encontró una experiencia profunda y una lectura de su vida ya en los caminos, donde la herida de Pamplona ya no era definitiva ni central. Se “giró” hacia Dios de forma lenta, pausada, amasada por su peregrinar a Arantzazu, Manresa, Jerusalén, Alcalá, Salamanca, París, Roma”. Y que nos pide “no centrarnos en nuestras heridas personales e institucionales. Ojalá nos alcance la gracia de traspasar la mirada hacia Dios (quizás mirando paneles y vidas como los de esta exposición) y volver el corazón, una vez, más a él, Señor de la Vida. Nuestro mundo sigue necesitando lecturas creativas como la de nuestro santo, capaz de poner primero a Dios incluso en el quebranto irreparable de su herida.
Ignacio apoya su mano en los visitantes recientes de la exposición. Y hace la última pregunta: ¿Y no has visto a tus hijos en los ojos de esos niños?
(Los versos que iluminan este texto también como luciérnaga en la noche –son del Poema “Refugiados”– de Marwan Abu-Tahoun Recio, nacido en Aluche (Madrid) hijo de padre palestino y madre española conocido como Marwan, (Madrid, 5 de marzo de 1979 – ) cantautor y poeta español, nombrado «Músico por la paz» en el Parlamento Europeo por sus múltiples participaciones en conciertos solidarios. Aquí está completo. Audible… y de seguido: https://youtu.be/a94ECzHkEN0).
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