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Celibato o la necesidad esencial de compañía
Me viene una vez más a la mente el triste espectáculo que la jerarquía de la Iglesia ha venido dando en los últimos tiempos. Lo que era acontecimiento singular y esporádico se ha convertido en casi consuetudinario. Me refiero, claro está, a los escándalos sobre abuso de menores y jóvenes en el mundo clerical.
Han ido apareciendo en la prensa con una frecuencia alarmante los abusos del clero, en todos sus niveles jerárquicos, hacia menores y jóvenes que se mueven en su ámbito habitacional y funcional. Monaguillos, niños de coro, niños y niñas de catequesis o de primera comunión, jóvenes pertenecientes a distintos movimientos juveniles; seminaristas, jóvenes sacerdotes, etc., etc., que han sido y siguen siendo objeto de abusos psicológicos y sexuales, en comportamientos aberrantes, que parecían excepcionales pero que se han ido manifestando como una lacra, como una pandemia interminable, peor que el civil 19 y que tampoco tiene visos de curarse.
Pienso que los jerarcas de la Iglesia Católica no tienen derecho a dar semejante escándalo continuado. Se han tomado, casi a regañadientes, algunas medidas de choque, siempre rezagadas, aunque de cierta eficacia. Sobre todo, para acabar con el secretismo, con el abominable silencio de la complicidad, cuando no de la defensa criminal de los culpables. Pero nada de todo esto ha sido suficiente.
Y todo ello, en buena parte, por la terquedad de la jerarquía en no admitir un cambio en la formación y vida de los sacerdotes. La Iglesia jerárquica tiene que admitir con urgencia dos realidades: el celibato opcional y la ordenación de mujeres con vocación al ministerio sacerdotal.
Dos grandes obstáculos, creo, se oponen a estos cambios: la soberbia y la pereza. Ambos, por cierto, pecados capitales.
“No es bueno que el hombre esté solo”, dice Yahvé en el Génesis. Y lo estamos viendo todos los días. La soledad no es buena compañera en nuestros tiempos, ni nunca. Y no se trata de acabar con el celibato, no. Se trata de defender la libertad de la persona, defender su derecho humano y divino a elegir una compañera que le ayude a llevar la cruz de su ministerio. Los jerarcas deben ser humildes y reconocer que esa abstinencia obligada, con esa soledad malsana, es la fuente muchas de las atrocidades y aberraciones que estamos viendo ya casi todos los días.
La humildad recuperada llevará a los obispos a reconocer esta necesidad esencial de compañía, tal como Dios la diseñó y cuya satisfacción no tienen derecho a impedir a los que quieran vivir su vocación de anunciar el Evangelio en su ministerio sacerdotal.
Y la pereza. Esa desgana de emprender una renovación que afecta sobre todo a las personas maduras y que las convierte en refractarias a cualquier cambio, pero sobre todo a cambios que pueden trastornar por completo su ideología, sus costumbres, sus hábitos y hasta sus vicios.
Celibato opcional y sacerdocio para las mujeres con vocación apostólica, son cambios urgentes que, como vacunas contra la pederastia, pueden colaborar en buena medida a doblar la curva de los abusos y dar participación debida y adecuada a la mujer en las tareas apostólicas.
Abanderados de estos cambios son la mayoría de los obispos de la Conferencia Alemana de Obispos y muchos otros de otras Conferencias. Y ni qué decir de teólogos y teólogas, religiosas y seglares que hace años vienen trabajando por dichos cambios.
Creo que esta renovación no puede sino dar buenos resultados; las dificultades y problemas que originen serán tremendos desafíos que debemos afrontar y superar entre todos en esta hora crucial.
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