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La Iglesia como familia y el pueblo como sacramento
Roma se ha quedado sin su obispo, pero el «santo pueblo fiel de Dios» -esa expresión que él acuñó como programa y profecía- ya lo ha canonizado en vida. Francisco no fue un pontífice, fue un vecino. El cura que pagaba sus facturas de hotel, el abuelo que abrazaba a niños llorosos, el amigo que llamaba por teléfono a monjas despistadas. El Papa que hablaba en el idioma de las cocinas y los patios escolares, no en el latín de los tratados dogmáticos.
Su magisterio no estuvo en los documentos -aunque escribiera encíclicas rompedoras-, sino en los abrazos que desarmaron protocolos. ¿Quién olvida al niño que se coló la visita a una parroquia romana para preguntarle si su padre ateo estaba en el cielo? ¿O al migrante de Lesbos que le estrechó las manos como si fuera un salvavidas? Francisco convirtió la Capilla de la Casa Santa Marta en una plaza de barrio, donde hasta los agnósticos se sentían en casa.
«Era uno de los nuestros», repetían ayer las vendedoras del mercado de Campo de’ Fiori. Y tenían razón: el Papa que comía empanadas con obreros, que bromeaba sobre su «cara de panqueque», que confesaba su debilidad por el dulce de leche y el fútbol («¡pero sin trampas!»), había devuelto la fe a su esencia callejera. Un cura con olor a puchero, no a incienso rancio.
Francisco no necesitó discursos. Sus homilías eran miradas, sus encíclicas, gestos. Cuando besó los pies de los líderes de Sudán del Sur, escribió un tratado sobre la paz más contundente que mil declaraciones. Cuando lloró ante la Inmaculada por Ucrania, hizo teología de la compasión. Y cuando, con 87 años y bronquitis crónica, subió a un avión militar para visitar misioneros en Oceanía, rubricó su credo: «La Iglesia no es una ONG piadosa».
El humor fue su arma secreta. «¿Qué andarán haciendo las monjas que no me atienden?», dejó en un contestador, riéndose de sí mismo. Sus chistes sobre curas «funcionarios de Dios» o su imitación de los cardenales que «huelen a colonia vieja» desmontaron el clericalismo mejor que cualquier reforma. O los chascarrillos sobre el ego de los argentinos que, si se caen de él, se despeñan.
Acuñó la expresión «el santo pueblo de Dios» no como consigna, sino como eclesiología. Por eso abrió el Sínodo a laicos, mujeres y jóvenes, convirtiendo el Vaticano en un taller de escucha. Por eso salía cada miércoles a abrazar enfermos, como si la plaza de San Pedro fuera la sala de espera de un hospital.
La gente lo entendió al instante. Le escribían cartas como a un hermano mayor: «Padre, mi marido me pega»; «Santo Padre, mi hijo es gay». Y él respondía, a veces con una llamada sorpresa, a veces con un abrazo en la plaza. Sin secretarios, sin filtros.
Francisco no quiso ser enterrado como príncipe, sino como el párroco que fue. Su féretro sencillo -como su vida- es el último sermón: «La grandeza está en servir».
El Papa del «¿quién soy yo para juzgar?» deja una Iglesia más humana, donde los divorciados ya no son apestados y los migrantes tienen altar. Pero sobre todo, deja un método: la fe no se anuncia, se contagia. Como el buen vino que tanto le gustaba, se comparte en la mesa de los simples, no en los salones del poder.
Hoy, mientras los cardenales del aparato curial reconocen públicamente su legado como un camino a continuar, las monjas que no atendieron su llamada, el niño que le robó un selfie, y la abuela que le confió su cáncer, ya han empezado a rezarle. A su manera, sin letanías. Como se habla con un amigo que, de tanto caminar con el pueblo, se hizo pueblo.
Mientras el sol se pone sobre San Pedro, su voz resuena: «¡Qué lindo es estar en la Iglesia, qué lindo es sentirnos pueblo!». Francisco ya no está, pero el pueblo que él santificó sigue aquí. Con olor a empanada, a pasta y a Evangelio.
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