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"Gracias Francisco, tu vida nos sigue enseñando a 'ser-pan-partido'"
Han pasado ocho años y parece un sueño. Quien pudiera firmar al menos otros ocho.
Su presencia fue una bocanada de agua fresca, en medio de un sequedal que empezaba a generar desesperanza, su vida y su palabra aire del bueno que sopla, mueve y no hace daño.
Su testimonio sabor al Dios de la vida, profético y liberador, sus gestos... expresiones con sabor a misericordia y bondad, su compromiso hecho preocupación por los pobres de la tierra, y en especial por los inmigrantes y refugiados.
Su valentía tocar las raíces organizativas de una Iglesia y una Curia añorante de los tiempos del imperio; una lucha tal vez interior, que le lleva a valorar más a las mujeres, aunque queda mucho por hacer y seguro que no avanza más porque espera que la fruta madure, no en la mujer, sino en la mentalidad machista y clerical de muchos que tanto daño hace.
Desde que llegó fue sembrando semillas de comunidad. Y nos habló siempre de ella. Él cree en la Iglesia de “puertas abiertas “, que acoge y perdona, nunca aduana de control; de ministerios al interior con aliento de evangelio donde los hermanos sirven, alientan, coordinan, nunca de “príncipes” pegados al poder, sino de “servidores con olor a oveja”, soñando una iglesia de la sinodalidad o no será iglesia desde el corazón de Dios y tan necesaria para estos tiempos.
Consciente de la pluralidad que nos hace mejores por no sentirnos únicos, forjador de diálogos que hacen vida y comunidad evangélica más allá de ritos y ceremonias, de religiones y cultos.
Hombre de Dios de una intuición acorde con los tiempos, de palabra poco farisaica pero muy vivencial cocida entre lo entresijos de su alma y su fe y curtida en la soledad solo compartida con aquel que es su fuerza y su aliento y su razón de vivir: Dios padre con corazón de madre hecho carne en el Nazareno que saboreó los vaivenes del lago de la Galilea como expresión del deambular por la vida y subir en su barca a los sencillos.
Rema mar adentro Francisco y siémbralo en el corazón de nuestra Iglesia, para que aprendamos de ti y por ende del Maestro y sepamos que hay muchos “Irak” que visitar sin grandezas ni masas que aplauden, sino hermanos que necesitan "al hermano" que confirme en la fe y aliente a los que sufren y fortalezca su caminar.
Ese eres tú, hombre de evangelio, aunque muchos no te quieran, como a Jesús cuando vuelca el negocio y se opone a confundir a Dios con el dinero. Ese eres tú, el pastor bueno, con olor a samaritano, y enamorado del “laudato si” de Asís, que tan bellamente has sembrado en el corazón de tu pueblo-iglesia-comunidad.
Tu vida nos sigue enseñando a "ser-pan-partido" en la mesa de la vida aunque a veces se nos adentre el Emaús del desaliento.
Tú has sido y eres una bendición para nuestra Iglesia resquebrajada, que quiere retomar su camino y beber de su fuente: Jesús y el evangelio, mientras otros se empeñan en priorizar tradiciones que no contagian porque se quedan en la piel y no tocan el corazón y tienen miedo a lo nuevo, aludiendo al “siempre se hizo así”.
Menos mal que llegaste tú, con tu primavera, tu puerta abierta, tu olor a oveja y tu carbón encendido para quien se quiera calentar en el fuego del Espíritu. Ojalá dejemos que las mujeres poco creídas en la Resurrección sean ahora las que soplen el rescoldo y dejen que nazca el fuego de tu Espíritu. Gracias Papa Francisco.
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