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José Ignacio Calleja
Hace no demasiados años, hablar de la dimensión social de la fe era tanto como meterse en política. Había minorías cristianas que defendían ese empeño de la fe en la justicia social, pero la mayoría de los creyentes presumían más bien de evitar el mundo. Vivíamos al abrigo de riesgos terrenales, “solo tengo un alma que salvar, de la inicua política la debo preservar”. Así discurría la vida social de no pocos católicos y la Iglesia española se refugiaba en nombramientos episcopales y movimientos cristianos de signo conservador.
Al estallar la crisis económica y social quisimos taponar la sangría de parados y pobres con palabras de moralidad individual y con no poca caridad colectiva. Desconcertados, miramos a la crisis, y alguien ha recordado, “estaba ahí, incubándose, bien cerca, pero no la queríamos ver”; bien dicho, pero es igual: casi nadie ve una crisis hasta que no le afecta de lleno. El caso es que ya no había remedio y con prisa nos lanzamos a la caridad organizada, y hemos hecho cosas importantes. Quizá sin denunciar a fondo el porqué de la crisis y quiénes tienen mayor responsabilidad en ella; tampoco cuál ha sido nuestra parte de culpa y en qué vamos a cambiar.
Ahora la conciencia social de la fe es imparable. Respiramos por el amor de Dios y vivimos para que fluya como vida buena y justa en nosotros, es decir, como fraternidad de Dios que -ya sí, todavía no en plenitud- quiere nacer de las entrañas de la historia cotidiana de la gente; la añoramos y servimos como equidad social y salvación; lo hacemos desde la historia de la gente más pobre y vulnerable, velando por su dignidad de persona, en su familia, en su casa, en su ciudad y, sobre todo, en los migrantes que huyen de la guerra y la miseria, y en los niños que tienen derecho a unas oportunidades de vida digna. Sin vida digna para esas personas, pronunciamos el nombre de Dios en vano. Porque “Dios trajina su salvación en y con nuestras vidas cotidianas”, ha escrito Gustavo Gutiérrez. O de otro modo, porque hacerse prójimo del necesitado y débil es el primer mandamiento de Jesús: ¿quién está necesitado de mí para que yo me aproxime y me hermane con él? Ante tamaña pregunta, sólo me atrevo a añadir que todo empieza en casa, en el barrio y en el trabajo; y que la justicia, a la vez, son estructuras económicas y sociales equitativas. Nunca olvidemos esta relación, aunque no nos convenga.
Y en esto, llegó Francisco, y dijo, los cristianos todos en misión, y la justicia, al centro de la vida social, y el sistema económico de propiedad absoluta y especulación masiva es idolatría pura; más todavía, esta economía mata cerca y lejos. Y han vuelto los nervios. Los cristianos nos sabemos entonces convocados a implicarnos en la red de acciones de caridad inmediata en lo que no puede esperar, y de denuncia social en lo que es injusto a las claras, y de programas de promoción de personas y de concienciación social en lo que da más tiempo, y de apoyo al movimiento civil de que otro mundo más justo es posible, porque de otro modo y con menos, podemos vivir todos y bien.
Por tanto, ya no preguntamos quién lo sabe todo sobre el futuro, sino quién quiere buscar con nosotros algo nuevo y más justo para todos. Nos sabemos nudos en la red del movimiento cristiano y civil por un mundo más justo, y reconocemos que la esperanza en esa lucha por la justicia es hija de la ética y de la fe: lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hacíais. Cada persona y familia a la que ayudamos a recomponer su dignidad maltrecha, nos libra a nosotros de vivir indignamente. Cada lucha por la justicia que nos convoca y mueve, se suma a nuestra Eucaristía como su harina más necesaria. En cristiano, fe y vida justa no se separan ni caminan en paralelo; lo uno sin lo otro es imposible; en cristiano es imprescindible reconocer que se mezclan constituyendo una realidad peculiar y única: la encarnación de la justicia misericordiosa de Dios en la vida cotidiana del mundo. ¿Hay mayor motivo para amasar la justicia social en la confesión de fe?
José Ignacio Calleja
(Vitoria-Gasteiz)
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