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El cine a través de los ojos de la Teología
Ha sido difícil elegir la mejor película estrenada en España en junio. Pero “F1: La película” ganó por un alerón delantero.
Imaginar una persona de 63 años (Pitt) compitiendo en Fórmula 1 es, para mí, inseparable de imaginar un anuncio de artículos para fijar los dientes. Pero eso es lo que nos ofrece esta película. La trama de esa audaz obra épica es más antigua que Caín y Abel (y quizá sea por eso que es tan poderosa), pero tiene toneladas de testosterona, emoción, adrenalina, arañazos e imágenes captadas con genialidad técnica y artística. Puede haber exageraciones creativas, pero incluso éstas son aceptables y placenteras.
Pitt (desmenuzado, sabio, agradable), Bardem (cautivador, encantador, impactante) e Idris (petulante, [des]enfocado], inmaduro) desempeñan papeles fuertes dentro de sus respectivos límites, pero es la impresionante Condon (valiente, equilibrada, brillante) la que mantiene todo unido con una maestría que nos impide ver nada más que a ella cuando aparece en pantalla. La música, el sonido ambiente, los logros técnicos de las cámaras y los escenarios (tan llenos de glamour como de residuos sucios) son incomparables y ayudan a llevar esta película al Olimpo.
La amargura competitiva, los adelantamientos a toda costa y las aceleraciones (y frenadas) demenciales me llevaron inmediatamente a pensar que esta película sería la mejor para traer hasta vosotros una reflexión sobre algunos aspectos del crecimiento espiritual cristiano. De hecho, este (siempre que no nos comparemos con nadie) debería ser una de las prioridades de nuestra vida cristiana, pero creo que si en la parroquia de Lote del Moro (que espero que no exista en ninguna parte) se interrogase a los fieles cómo iba tal crecimiento, es posible que óigasenos algo como “ah; eso; yo uso jabón”.
No me cabe duda (y por eso no tengo inhibición en decirlo) de que, en general, somos cristianos mediocres. Peor: cristianos voluntariamente mediocres. Personas que no están ni bajo las nubes en un valle –en este caso felizmente– ni sobre esas nubes a la luz de aquél Sol que es el latido de nuestras vidas –ahora infelizmente. Estamos en el medio de las referidas nubes profundamente empapadas, porque no queremos entregarnos: a Dios, a una vida de oración y de intimidad con Él, a Su voluntad (objetiva y subjetiva, activa y pasiva) y al servicio incansable a los demás...
Así están las cosas. Estamos en medio de las nubes nauseabundas resultantes de toda nuestra pelusa de: orgullo, obstinación, prestigio, avaricia, egoísmo, vanidad, autoadmiración, ambición, etc., así como del miedo (esa falta de fe) de la: humildad, Cruz, coraje, generosidad, fragilidad, etc. Somos, pues, cristianos de amor autosacrificial al ritmo de los sollozos del alma.
¿Y que se pasa con la vivencia frecuente de los sacramentos repetibles? Para quién es que: ¿la Eucaristía es (en Pascua) a la vez cena y sacrificio?; ¿la Reconciliación es (en Pascua) una celebración del perdón y de la voluntad seria de vivir a perdonar?; ¿y, por último, la Unción de los enfermos es (en Pascua) una preparación que beneficie a todos los demás? En otras palabras: ¿cuántas veces consagramos, a través de nuestro amor, lo que nos es dado en estas oportunidades para que, con Dios (algo que requiere la propia infinitud), podamos darles una meta divina?
Pero nada de esto es resultado únicamente de acciones individuales. Somos un «equipo» en Cristo, en el que la Esperanza no es un ardid, sino una paciencia. Es triste que nuestra fe se haya diluido hasta el punto de que, a los ojos de muchos, parece fanatismo: sea el querer amar a Dios de tal manera que en nuestro «íntimo de los íntimos» sólo esté Jesús
Triste é que se tenha aguado a nossa fé a ponto de, aos olhos de muitos, parecer fanatismo: seja o se desejar amar a Deus de uma forma em que no nosso “íntimo dos íntimos” só esteja Jesus; sea querer estar debidamente preparado para las tribulaciones que un cristiano, abierto a la Cruz de amor de Jesús, sufre en medio de lo que nos rodea. Ese amor a través del cual, y sólo a través de él, crecemos en Jesús.
(EEUU; 2025; dirigido por Joseph Kosinski; con Brad Pitt, Javier Bardem, Kerry Condon, Tobias Menzies, Damson Idris e Liz Kingsman)
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