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"La política- jamás debiera contar con 'profesionales'"
Reflexionando una vez más con el diccionario de la RAE en la mano, ya de entrada se llega a la conclusión de que en las acepciones que inserta del término “política” destacan las de “el arte, doctrina y opinión referente al gobierno de los Estados”, además de “arte, traza manía, habilidad y astucia con que se conduce un asunto” , así como “empleo o medio para alcanzar determinados fines”. De entre las acepciones de “ética”, destacan las de “recto y conforme a la moral ”y” parte de la filosofía que trata del conjunto de normas que rigen la conducta humana”.
Equipados con estas doctas y oficiales informaciones, indispensables para el mantenimiento de toda convivencia en cualquiera de sus áreas divinas y humanas, me animo a recopilar unas sugerencias, al filo de los acontecimientos que enmarcan nuestra sociedad, española y extra- española.
Así las cosas y con el aval de tantas informaciones y noticias veraces, documentadas y hasta judicializadas, política y ética -o ética y política- ni han estado, ni están, en disposición favorable para matrimoniarse, sino para todo lo contrario.
Para desgracia de la colectividad ciudadana, en términos generales y “salvo raras excepciones” (por cumplir con el ritual), políticos-políticos éticos, hay pocos. La democracia se viste de luto al contemplar a quienes devotamente la invocan y se sirven de ella para su culto y provecho personal y el de los suyos.
Los político-políticos apenas si pueden ser y ejercer hoy como personas. Carecen de autonomía. No son ellos. Son las siglas bajo cuyos paraguas se cobijan y amparan. Los límites de la “obediencia ciega” clerical los han rebasado con creces, suficiencia, veneración y respeto, por parte de los políticos profesionales de esta asignatura.
Esta –la política- jamás debiera contar con “profesionales”. Una “profesión” como esta, que se debe vivir y ejercer como servicio al pueblo , solamente se estudia, se estructura, se mantiene, vive y se hereda, a favor de los administrados.
La política, y su ejercicio, habrán de valorarse en función de la rentabilidad integral que le supone y aporta al pueblo. Con desdichada y grasienta frecuencia, “servirse del pueblo”, y no “servir al pueblo”, resulta ser, y es, norma y conducta casi habitual en el colectivo político o de las siglas registradas ya, o por registrar.
No hay un solo día, ni un solo medio de comunicación social que dejen de intitular sus primeras páginas, y en relieve, con noticias aberrantes de corrupciones impensables, con destructores “desejemplos” para la colectividad que eligió a sus políticos democráticamente.
Entre unas cosas y otras y con diversidad de fórmulas, los ricos-ricos en las esferas municipales, de las Comunidades Autónomas y del Estado, son los políticos. Estos, con sus asesores y profesionales burócratas de distintos ramos y ramas, con “privilegiada” frecuencia redactan, votan e interpretan las leyes con criterios favorables a sus intereses personales o a las de sus siglas. La sensación de estar regidos y administrados “democráticamente” por corruptos, -delincuentes-, se abre paso con denodada indecencia y pruebas judiciales.
Con gloriosa mención para algunas excepciones, la aplicación de no pocas leyes resulta a la medida de ciertas personas y entidades afines a chanchullos políticos, “caiga quien caiga”.
La relación entre la ética y la moral en los ámbitos políticos, es ciertamente mejorable. No afrontar el problema, o afrontarlo con miedos, excusas, miramientos, no es propio del político y mucho menos de los elegidos por el pueblo, que deberían ser descabalgados de las listas electorales lo antes posibles, con sus correspondientes procesos judiciales ulteriores y sin privilegios “legales” por su propia condición.
Como aún dentro de la misma Iglesia hay política y políticos, en sus ámbitos jerárquicos, la solución habrá de ser idéntica, y aún más profunda y urgente. Y es que, cuanto más se sirva a los demás, hasta llegar a ser y a vivir en actitud de servicio, más señor e importante se es…. Ante los demás hay que genuflectarse en cristiano nada menos que hasta el esternón…
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