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Espiritualizar el sufrimiento. La cruz: el mayor signo relacional
Quiero comenzar aclarando que no soy teóloga, sino psicóloga, y antes que nada, cristiana, seguidora de una persona: Jesús. Hoy, leyendo un artículo que alerta sobre una triste realidad en la iglesia india —donde cada seis meses se suicida un sacerdote-, leo que son víctimas de un sistema que “espiritualiza el sufrimiento en lugar de afrontarlo” (https://www.religiondigital.org/mundo/meses-alerta-Iglesia-India-suicidios-sacerdotes_0_2802919682.html)—, y pienso que este problema no solo es exclusivo de la India.
Durante siglos, en la espiritualidad cristiana se ha instalado la creencia poderosa que cuanto más sufrimos, más sacrificios hacemos y más nos humillamos, más cerca estamos de Dios. Esta idea tiene el inconveniente de convertirse en un caldo de cultivo para diferentes tipos de abusos, y creo que así lo ha sido. Y el peligro es que se interprete la cruz como una “escuela del aguante”, donde el dolor es casi un mérito en sí mismo.
Esta visión puede conectar con ciertos tipos de personalidades, como por ejemplo, una personalidad narcisista que busca en el sacrificio visible una forma de alimentar su imagen y autoafirmación, o una personalidad masoquista que, en las renuncias, perpetúa heridas no sanadas y culpas internas, etc.. Por lo cual, esta forma de ver y vivir, puede ser un refugio, incluso patológico. Creo que es urgente ofrecer la cruz, no como un símbolo de dolor o renuncias vacías, sino como un programa de vida en relación, diría como el modelo perfecto de relación entre nosotros.
Vivimos en una sociedad donde los vínculos son frágiles, líquidos. El compromiso profundo está desvalorizado, y hay una cultura de priorizarnos a nosotros mismos, trayendo como consecuencia modos de víncularnos que si no nos “cierran” aplicamos la “ley del hielo” o un“contacto cero”, en el primer conflicto o molestia que sentimos en nuestras relaciones con los demás. Hablamos de “personas tóxicas” y optamos por el descarte fácil. Pero la propuesta de la verdadera cruz, es otra: amar de verdad. Eso implica vencerme a mí mismo, callar cuando quiero responder con dureza; pedir perdón cuando el orgullo me grita que no lo haga; escuchar activamente sin planear mi respuesta, para vencer al otro; permanecer en un vínculo incómodo, por amor a la persona, etc.
Jesús abrazó la cruz no por amor al dolor, sino por amor y fidelidad a nosotros y a Dios; y en eso nos enseñó un compromiso relacional profundo: la cruz como el signo de quienes se atreven a amar dejando que ese amor transforme sus relaciones interpersonales, comunitarias. Expresión de un amor que permanece, a pesar de todo. El amor es un programa de vida exigente, atraviesa incomodidades, trabaja por la reconciliación y sirve incluso cuando no recibe nada a cambio. Todo lo que no promueva el amor al otro debería de ser descartado, y esasí es la renuncia difícil, pero con sentido. No sé si vamos hoy como sociedad, como iglesia en esta línea.
Santa Teresa de Jesús lo comprendió bien: “no se trata de hacer mucho, sino de amar mucho”. La medida no está en cuántos sacrificios hago, que se puede confundir con ese “espiritualizar el sufrimiento”, sino en cuánto me venzo a mí mismo en la relación con mi hermano, porque en mi horizonte tengo el deseo de amarlo más y mejor. Y esto es un proceso, paulatino, que también se va dando en una relación. Por lo cual, formar, educar, y más en comunidades cristianas, no es buscar “héroes del sacrificio”, sino hombres y mujeres que puedan entregarse sin aplastar, acompañar sin dominar, servir sin desaparecer. Porque en la Iglesia no necesitamos mártires del ego, ni “profesionales” del sufrimiento, sino discípulos que sepan vencerse a sí mismos, y quemirando ese Misterio de amor, puedan transformar su manera de amar y relacionarse, haciendo del encuentro con otro, una oportunidad de vivir el amor que Jesús nos enseñó con su vida, muerte y resurrección.
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