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"Jugó un papel más que decisivo"
(Feliciano Montero, catedrático).- La larga vida de Elías Yanes, fallecido a los 90 años en marzo del 2018, hace que su protagonismo relevante en el proceso de la Transición pueda haber quedado relegado en el olvido. Estas breves líneas tratan de contribuir a refrescar la memoria e invitar a su biografía.
El obispo Yanes fue uno de los hombres de la Iglesia católica española (junto con los mas reconocidos y citados Tarancón, Fernando Sebastián, Olegario, etc) que jugó un papel más decisivo en la Transición y en la pretransición. Principalmente en su etapa como secretario de la Conferencia episcopal, CEE, y por tanto miembro de la Comisión Permanente, en el equipo de Tarancón, entre 1972 y 1977. Es decir en el periodo crucial del proceso, final del franquismo y principio de la Transición. A la vez que, desde 1970, era obispo auxiliar de Oviedo.
Pero incluso antes de la transición propiamente dicha, en esa fase de desenganche progresivo de la Iglesia española, su papel ya fue relevante, como consiliario e impulsor de la Acción Católica especializada, y como obispo auxiliar de Oviedo, desde 1970. En esos años ya era seguido con especial interés por los servicios de información gubernamentales entre los desafectos al Régimen y amparadores de la disidencia cristiana.
Su tarea como secretario de la CEE, entre 1972 y 1977, está estrechamente ligada al proceso de desenganche que lidera Tarancón en esos años; y queda difuminada en los múltiples trabajos y tareas que tuvo que desempeñar por ejemplo en la preparación de los numerosos documentos publicados por la CEE y las distintas comisiones episcopales en esos años (solo la consulta de un posible archivo personal o de unas hipotéticas memorias podría delimitar su contribución personal).
En las rápidas necrológicas que acompañan la noticia de su fallecimiento aparece su formación tradicional y su ordenación sacerdotal en los años cincuenta. Fue uno más de los sacerdotes ordenados en el marco del Congreso eucarístico de Barcelona de 1952. Y la pregunta sobre su conversión mental, como la de tantos otros, queda en el aire. Quizá su estancia y estudios en Roma, en el colegio español en los años 50; quizá su contacto con los movimientos de AC, primero en su diócesis de Tenerife y luego en Madrid; quizá su seguimiento del Concilio.
En la segunda mitad de los sesenta, en el contexto de la primera batalla postconciliar, en medio de la crisis de la AC, acompaña los "restos" de los militantes y movimientos tras los efectos del conflicto con la jerarquía. En abril de 1971, siendo ya obispo auxiliar de Oviedo, asiste y apoya, junto con el obispo Mauro Rubio, el Consejo nacional que la JEC española celebraba en Salamanca. Desde la nueva Comisión episcopal de apostolado seglar, en 1972, participa en el el intento de recuperar los Movimientos especializados de AC tras la crisis.
Como obispo auxiliar de Oviedo desde 1970, al lado del arzobispo Gabino Díaz Merchán, anima e impulsa la renovación conciliar de la iglesia diocesana (¿cual fue su implicación en la Asamblea diocesana preparatoria de la Asamblea nacional de obispos y curas de septiembre de 1971?). A la vez que protege el compromiso del clero y de los militantes cristianos en la defensa de la justicia social; atrayendo la vigilante atención de los servicios de información gubernamentales.
A partir de 1977, nombrado ya obispo de Zaragoza, asume dentro de la CEE la presidencia de una de las Comisiones episcopales más importantes, la de Educación y Catequesis. Le toca gestionar y negociar con los distintos gobiernos democráticos, primero de la UCD y luego del PSOE, el Acuerdo correspondiente, es decir el encaje de la enseñanza de la religión en la escuela, y el estatuto de los colegios católicos en la nueva red escolar, y en concreto, la aplicación de los concierto escolares en el marco de la LODE.
Un antiguo militante de la JEC madrileña, (que había apreciado su apoyo como consiliario en 1967 en medio del desamparo), ahora director general de Enseñanzas Medias (en el equipo de Maravall) lo valora de forma diferente y recuerda su confrontación (José Segovia, Anochece y aún no he leído todos los libros, 2008, Europa Viva, pp. 223-224). Una aparente paradoja que no es tal, pues una cosa era el objetivo común, antifranquista y conciliar, de la década 1965-75 y otra el encaje de la Iglesia y del catolicismo español en el nuevo marco democrático.
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