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"Esperanza asentada en la memoria del Crucificado que se actualiza en los crucificados de este mundo"
El triduo pascual tiene su cumbre en el Domingo de resurrección, en el acontecimiento que es percibido y reconocido como “la muerte de la muerte” y, por ello, como el día de la sorpresa, de lo insólito, de lo imprevisto e imprevisible. Y lo es, porque en esta jornada se anticipa el final que nos aguarda y al que estamos convocados, arrojando una luz capaz de agrietar la angustia de los días anteriores y, a la vez, de fundar el abrazo con el Crucificado en los crucificados de este mundo.
Nada que ver con “la pulsión de muerte” que algunos “nuevos ateos” creen reconocer como el fundamento de la religión ni con su invitación a entender la fe y la revelación como “celebración de la nada” (M. Onfray). Y sí mucho que ver con la anticipación del final y con su capacidad iluminadora y movilizadora.
El día de Pascua es experimentado y percibido, en primer lugar, como una anticipación en el presente del final que nos aguarda por pura gratuidad, permitiendo afrontar esperanzadamente el Viernes santo (con su prolongación en el grito de abandono de los calvarios contemporáneos) y el silencio y la ausencia que presiden el Sábado santo. Es una anticipación experimentable y disfrutable en infinidad de “chispazos de eternidad” que frecuentemente atraviesan la existencia en forma de fugaces (pero, a la vez, impactantes y motivantes) verdades, de admirables comportamientos éticos y de encuentros cargados de belleza.
Pero del Domingo de resurrección brota, además, una luz que permite comprender la segunda narración de la muerte de Jesús (la que enfatiza la confianza en el Padre) como perfectamente verosímil ya que nos permite afrontar el perecimiento (personal o colectivo) y el compromiso con los crucificados de este mundo en la confianza (y hasta certeza) de que la muerte no es ni la única ni la decisiva palabra, por pura gracia de quien, siendo principio y fundamento de todo, arrancó de las garras del Sheol a Jesús.
Además, la novedad y la sorpresa que irrumpen el dia de Pascua arrojan una sorprendente luz sobre los puntos ciegos y oscuros del Viernes y del Sábado santo. Y desde ellos, sobre el mismo Domingo. Así, por ejemplo, cuando se aborda cada día por separado, entonces entran en escena diferentes extrapolaciones o fundamentalismos: el dolorismo (cuando lo único central es el Viernes santo); el apofatismo o el silencio mudo (cuando el Sábado santo llena toda la escena) y la ingenuidad –frecuentemente, postmoderna- de creer que se ha llegado al final de la historia y que todo es felicidad sin dolor y sin silencio (el Domingo de resurrección sin Viernes ni Sábado santos).
El misterio cristiano, si realmente está fundado en el triduo pascual, es esperanza asentada en la memoria del Crucificado que se actualiza en los crucificados de este mundo (y de los de todos los tiempos) y que se anticipa en el presente como chispazos o murmullos de la Vida definitiva. Por ello, es, a la vez, abandono confiado, silencio visitado por la palabra y gozosa anticipación que alienta y sostiene en la lucha por la justicia, la igualdad y la fraternidad, además de por la libertad.
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