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¿Dónde está la Iglesia en la tragedia que vivimos en Perú?
Ayer, 9 de enero, fue un día trágico en la ciudad de Juliaca: 17 personas muertas, confirmaba en la noche la Defensoría del Pueblo. Habían perdido la vida en los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de la policía y el ejército por tierra y por aire. Y en la mañana de hoy un policía moría carbonizado dentro de un patrullero quemado en la ciudad de Puno, capital del departamento. 18 familias y dos etnias -quechuas y aymaras- enlutados y llorando a sus muertos con mucha rabia dentro.
Viví 8 años en la ciudad de Juliaca y pude entender bien cuando un periodista puneño decía hoy -desmintiendo al gobierno y a muchos medios de prensa “nacionales”- que cuando son las mujeres y las familias las que dicen “¡basta!”, no hay marcha atrás. Y esta vez así ha sido. El día de hoy se estaba llenando la Plaza Mayor del Cusco de quechua-hablantes, bajando muchos a pie desde las “provincias altas”, para solidarizarse con sus hermanos puneños ¿Qué puede pasar?
Las quinielas políticas hablan de varias posibilidades, desde las más optimistas a las dos más pesimistas: 1) que sigan las manifestaciones, la represión, los muertos y el luto 2) que los engañen una vez más, se aferren los Congresistas a sus curules y el pueblo vuelva a rumiar rabia y rencor hasta que estalle la próxima vez. No soy político, no entro ni a hacer quinielas ni a apostar públicamente.
Pero quiero centrarme en lo que está significando la protesta. No es de ahora, es muy vieja. Y revienta de cuando en cuando. Mentira gorda lo que se dice por acá, por Lima, responsabilizando a los puneños, como brutos e ignorantes; peor, culpándolos de golpistas y hasta terroristas. Tampoco el tirar “balones fuera”, hablando de manipulación y hasta buscando a chivos expiatorios fuera (en este caso a Evo Morales, vecino boliviano y aymara también).
No, hay razones más concretas y palpables como el secular abandono por parte de los diferentes gobiernos, la marginación y la pobreza de toda la región campesina. Sí, Juliaca -ciudad netamente comercial- y Puno -más residencial y turística- significan, unos cuantos, puntas del iceberg; pero el grueso del bloque helado (nunca mejor dicho pues el altiplano está a 3,825 msnm) del campo y los barrios es secularmente olvidado.
Tampoco se entiende que la gente sigue viviendo fuerte su vida de comunidad y es en comunidad donde deciden las cosas, y es la comunidad la que ahora está apoyando y corriendo con los gastos mayores generados por las muertes. La comunidad grande y, por eso, hay que entender que las “calceteras” y los comerciantes de Juliaca estén todos en pie de lucha, no unos pocos manipulados o engañados (¿por quién?). Difícil entender desde Lima -menos desde los políticos criollos- las decisiones y las relaciones de reciprocidad surgidas entre ellos.
Creo que nadie desea que las cosas continúen igual; nadie, cuerdamente, desea un solo muerto más. Pero ya no hay acuerdo en las salidas concretas. Y ahí yo sí haría un llamado de atención a mis hermanos costeños -muchos ya hijos y nietos de emigrantes del Sur- a desterrar falsas causas de los levantamientos, a asumir los profundos y justos razonamientos de quienes arriesgan sus vidas no por gusto. Ahora los concretan en planteamientos políticos: salida de la presidenta, de sus ministros, de los congresistas y pronto, elecciones generales cuanto antes, etc… Pero sepamos que, debajo, está esa rabia contenida por sentirse “ninguneados” por décadas y siglos.
Y la Iglesia ¿qué? También le preguntaron al periodista puneño hoy la misma pregunta. Y no supo muy bien qué responder. Y es que la Iglesia, los cristianos, no viven en las nubes y tienen, es lógico, posiciones distintas. Tuve la suerte, allá por los 80s, de vivir en una “Iglesia que se sentía pueblo y con un pueblo que reclamaba ser Iglesia”. Fueron años gloriosos, eclesialmente hablando, y ello nos permitió no solo conocer mucho mejor a aquel pueblo “reservado y fiel”, sino vivir junto con ellos la solidaridad y cercanía de las cinco jurisdicciones eclesiásticas de Cusco y Puno, el llamado Sur Andino eclesial (Cusco, Sicuani, Ayaviri, Puno y Juli). Uno de los frutos, en época del terrorismo, el decidir “quedarnos” en los propios lugares y evitar miles de muertes (sobre todo la mayoría de las que en otros lugares causaron las “fuerzas del orden” al haber siempre “testigos incómodos”; a Sendero Luminoso le importaba mucho menos)
Deseamos el mejor y más justo desenlace de la crisis desatada en el Sur de nuestro país.
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