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"Símbolos de piedad, tanto o más que la misma ceniza"
Aunque con alguna excepción e indulgencia, todavía las ordenanzas sanitarias oficiales instan al personal, hasta con sanciones pecuniarias, a que el uso de las mascarillas anticoronavíricas siga vigente. Con reiterada consistencia lo hacen en vísperas del próximo tiempo en el que la liturgia es marco propicio para reuniones fiestas más sagradas, y otras, no tanto. Para unas y otras, el “Miércoles de Ceniza” le abre las puertas a la Cuaresma, hasta su explosión festiva en los días de la Semana Santa o Semana Mayor.
Diríase que, así las cosas, signos y símbolos de la Cuaresma volverán a ser las mascarillas, tanto o más que la misma ceniza - ”polvo enamorado”- , pese a la certeza absoluta de que-“polvo eres y en polvo hasta de convertirte” , “¡conviértete y cree en el Evangelio¡”, seguirán siendo programa de vida y vivencia cristianas.
Del sagrado tiempo de la Cuaresma hay constancia en la Iglesia más antigua. El término “Cuaresma” procede, según unos, del periodo de cuarenta años que durara la peregrinación del pueblo de Dios, con Moisés a la cabeza, desde Egipto a Israel, y según otros, de los cuarenta días que Jesús permaneció en el desierto antes de recibir el bautismo de manos de Juan, e iniciar así su vida pública..
El Catecismo de la Iglesia católica (540) define la Cuaresma como “tiempo de preparación para las celebraciones pascuales”, por lo que la luz que proyecta tal referencia sobre la vida cristiana, personal o colectivamente, no será la ceniza del sanseacabó, sino el gozoso convencimiento de la resurrección y de la vida
Y entre ideas claves, verazmente cristianas, en la peregrinación cuaresmal, despuntan las de “preparación, conversión, penitencia, común unión, hospitalidad, peregrinación, disponibilidad, comunicación de bienes, obras de caridad y misioneras, Vía Crucis, ayunos y abstinencias, muerte y resurrección, mudanzas, no ser ni sentirse Dios, sino su criatura…”
Las manifestaciones, procesiones y tantos otros ritos y ceremonias, por piadosas que sean y por multitud de años de tradición que las definan, ni hacen ni son, de por sí, Cuaresma.
Entre otras cosas, que pueden y deben ser acogidas en la liturgia de la vida ordinaria, familiar, social, profesional, cívica y religiosa con el convencimiento de que su obligatoriedad es inexcusable. Nada de excepciones, sino las estrictamente precisas. Las mascarillas son tantos o más, instrumentos y signos de piedad, como los más tradicionales semanasanteros, con las bendiciones y aprobación de le jerarquía eclesiástica.
Las mascarillas nos salvan y salvan a los demás. Nos hacen ser más humildes. Con ellas, todos somos más iguales. Pasamos más desapercibidos. Lo más importante en las mascarillas no es el color ni las vanidades de cualquier signo y condición, con tal de que su confección esté homologada. Su incomodidad puede tornarse en gesto de penitencia. Ellas contribuyen a que sus portadores hablen menos y a que sus palabras posean y transmitan mayor profundidad y sentido, al intentar transmitírselas al otro, también enmascarillado por la gracia de Dios y porque así está mandado.
Gracias a las mascarillas y a las vacunas, es posible que podamos escribir y leer estas consideraciones y nuestros nombres no hayan engrosado las estadísticas de los fenecidos, las esquelas mortuorias y los obituarios, sin que las campanas hayan tenido que responsear lágrimas de familiares y amigos.
Acerca de las mascarillas y su uso litúrgico, me limito en esta ocasión a reseñar que ni han sido rechazadas en las solemnidades por los mismos obispos, dando ejemplo de ello a feligreses y feligresas. Eso sí, no dejo de referir que ahora y siempre disfrutaron de mayor aceptación religiosa por parte de la feligresía –“hijos de la Iglesia”- , que las mitras que adornan las cabezas episcopales, con sus ornamentales ínfulas.
Todos sujetos -también los obispos- a las normas de la estética, estos habían de ser los primeros en dejar cesantes sus mitras y no hacerlas coincidir con las mascarillas, dado el espectáculo tan esperpéntico que generan, con distracción e hilaridad para los participantes en las celebraciones eucarísticas y en tantos otros actos de culto, en los que resultan ser ridículos y adefesios.
Cuaresmas y mascarillas son, hoy por hoy, tiempos y elementos confluyentemente litúrgicos.
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