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En una gélida mañana de un país que se encuentra atrapado en el fuego cruzado de una guerra que parece no tener fin, cruzar la frontera es una experiencia que va más allá de lo tangible, que es difícil de explicar. Es entrar en un espacio donde el sufrimiento humano se respira, donde cada mirada, cada silencio y cada lágrima cuentan historias de dolor, resistencia y esperanza.
Ucrania, que en un mes cumplirá tres años de un conflicto a gran escala devastador, es un territorio marcado por la pérdida, pero también por la fortaleza de un pueblo que no se rinde.
La situación en este país es extrema. Los ataques del invasor son constantes, de día y de noche, y el precio en vidas humanas es abrumador y terrible.
La situación en este país es extrema. Los ataques del invasor son constantes, de día y de noche, y el precio en vidas humanas es abrumador y terrible
Los cementerios se multiplican, como heridas abiertas en el paisaje, y son testigos de un dolor que no se puede narrar con palabras.
Ver, sentir y acoger el llanto de tantas mujeres que han perdido a sus esposos e hijos junto al peso silencioso de las responsabilidades que deben seguir asumiendo, es francamente desgarrador. Miradas tristes y dolorosas de hombres mujeres, cuyo sufrimiento trasciende lo físico, reflejan el vacío de quienes no logran encontrar sentido en una guerra absurda y cruel que les ha hipotecado de libertad y la paz triturando sus sueños y esperanzas.
En medio de este desierto de espera contra toda desesperanza, es imposible callar. Como dice el Papa Francisco: “La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una rendición vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal.” Estas palabras resuenan con fuerza mientras recorremos caminos llenos de destrucción, llevando ayuda humanitaria y tratando de escuchar las voces de un pueblo que lucha por sobrevivir.
“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). Hoy más que nunca, esa bienaventuranza debe traducirse en un imperativo para actuar. No podemos quedarnos indiferentes ante el clamor de los oprimidos, ni mirar hacia otro lado mientras tantas vidas son arrasadas por la violencia.
Desde esta tierra martirizada, levantamos la voz. Gritamos al mundo que la paz no puede esperar, que cada día perdido significa más vidas truncadas, más familias destrozadas, más niños que crecerán en un mundo marcado por las heridas del odio … ¡ Y eso sí que tardará en cicatrizar!
Necesitamos corredores humanitarios, necesitamos recursos para abrirlos, para salvar vidas, para curar heridos, para detener poner fin a este torrente de sangre injusto con el que se desangra un país. Pero sobre todo necesitamos voluntad internacional para detener esta locura que es la guerra
Necesitamos corredores humanitarios, necesitamos recursos para abrirlos, para salvar vidas, para curar heridos, para detener poner fin a este torrente de sangre injusto con el que se desangra un país. Pero sobre todo necesitamos voluntad internacional para detener esta locura que es la guerra.
El Papa Francisco ha sido contundente en sus llamados: “¡Por favor, no nos acostumbremos a la guerra! Comprometámonos todos a implorar desde nuestro corazón la paz para este mundo tan herido y fatigado!” Desde esta tierra, desde Ucrania, después de haber cruzado sus fronteras, quiero hacerme eco de sus palabras.
Necesito pedir al mundo que se movilice, que no deje a este pueblo solo, que extienda una mano amiga y, sobre todo, que abogue por una paz justa, duradera y estable.
En este momento de desolación, no podemos perder la esperanza.
La solidaridad de quienes se atreven a cruzar estas fronteras de dolor es un rayo de luz que ilumina la oscuridad.
Confío en que el clamor por la paz llegará a los corazones de quienes tienen el poder de cambiar el curso de la historia.
Seguiré adelante, con la certeza de que, como nos asegura Jesús, “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).
Hoy, desde este suelo desgarrado, elevo una súplica al cielo y a la tierra, al Dios de la Vida y a toda la humanidad: no nos olvidemos de Ucrania.
No nos olvidemos que la paz es una responsabilidad de todos.
No olvidemos que cada gesto de ayuda es un paso hacia la esperanza.
Que nuestra voz y nuestras manos sean instrumentos de paz en un mundo que tanto la necesita.
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