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Ecos, lecciones y compromisos tras la cumbre de Desarrollo de Sevilla
Por los caminos ardientes de la justicia, la Iglesia ha vuelto a levantar su voz, como el Bautista en el desierto, clamando no por privilegios, sino por los olvidados. En Sevilla, se celebró la IV Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo de la ONU. No fue una cumbre más: fue un examen de conciencia global. Y la Iglesia, en su papel de centinela del pobre, acudió modestamente a rendir cuenta de su esperanza.
Allí, entre el peso frío de las cifras y los discursos diplomáticos, resonó el eco ardiente de un mensaje que ya no admite dilación: Condonad las deudas impagables. Romped las cadenas que asfixian a los pueblos. No es una consigna política; es una exigencia moral. Es el grito antiguo del Levítico: “Proclamad el año de gracia, de libertad para todos los habitantes del país”. Hoy, ese jubileo tiene nombre: deuda cero.
La Iglesia española, junto a entidades como Cáritas, Manos Unidas o la Universidad Loyola, no se limitó a firmar un comunicado. Se hizo presente, organizó vigilias, elevó su voz junto a la sociedad civil. Porque esta vez no bastaba con orar. Pocos o muchos , era necesario, caminar juntos, con otros (aunque que no sean de los nuestros) , también encender conciencias, mirar a los poderosos a los ojos y recordarles que los números que manejan representan vidas.
Las cifras presentadas en la cumbre son un espejo roto. Mientras el 80% de la nueva deuda mundial se origina en países ricos, los países en desarrollo son los que pagan los intereses más altos, hasta doce veces superiores. Más de 3.300 millones de personas carecen de servicios vitales. Es una economía que se alimenta de sus víctimas, una arquitectura del descarte. Como dijo el papa Francisco: “esta economía mata”.
Y en medio de esta estructura absurda, 56 países dedican hasta el 10% de su presupuesto a pagar intereses, más de lo que destinan a salud o educación. ¿Cómo hablar de progreso si se prefiere pagar bancos antes que curar niños? ¿Qué clase de civilización es esta que premia la especulación y castiga la dignidad?
La Doctrina Social de la Iglesia, lejos de ser un manual de moral abstracta, es un mapa para salir del desierto
Las buenas palabras no son vacías si brotan del alma de los pueblos. Porque el primer paso hacia la justicia es volver a mirar al otro, no como un coste, sino como un hermano.
La Doctrina Social de la Iglesia, lejos de ser un manual de moral abstracta, es un mapa para salir del desierto. En ella late el escándalo de Cristo en la cruz: el Hijo de Dios no se encarnó en un trono, sino en un pesebre, entre los descartados. Por eso, desde esa raíz evangélica, se puede y se debe denunciar este sistema que condena a los débiles y exculpa a los poderosos.
No es una utopía hablar de cambio. Es una urgencia. Si los países empobrecidos pudieran destinar los fondos que hoy dedican a pagar deuda a fortalecer su sanidad, su educación, sus estructuras, no solo saldrían del círculo vicioso de la pobreza: podrían construir futuro. Pero para eso, la deuda no debe ser solo reestructurada; debe ser, en muchos casos, perdonada.
La ausencia de Estados Unidos en la cumbre no fue un error administrativo. Fue un acto simbólico de desprecio hacia los últimos. Con su retirada, se evaporó el 40% de la ayuda humanitaria global
Y, sin embargo, en medio de este clamor, se alza una sombra: los acuerdos de Sevilla no son vinculantes. Todo queda en promesas. Y los más necesitados, una vez más, en el limbo de las buenas intenciones.
La ausencia de Estados Unidos en la cumbre no fue un error administrativo. Fue un acto simbólico de desprecio hacia los últimos. Con su retirada, se evaporó el 40% de la ayuda humanitaria global. Más de 6.000 programas han cerrado, dejando atrás a millones de personas. No es solo un acto de negligencia: es una forma barata de guerra, como denunció León XIII. Hambrear pueblos es más fácil que bombardearlos.
Frente a esta lógica perversa, la Iglesia no tiene margen para callar. No puede rebajar ni un euro ni una oración. Porque está endeudada, sí: endeudada con los hijos de Dios que agonizan sin agua, sin techo, sin escuela. Cada cristiano, cada comunidad, cada parroquia, cada obispo tiene la misión de ser Buena Noticia no en abstracto, sino en el rostro concreto del excluido.
¿Y qué puede hacer el ciudadano común? Más de lo que imagina. En un mundo globalizado, el consumo es voto. La solidaridad es acto político. El cambio nace en la conciencia: al elegir qué compramos, cómo vivimos, con quién compartimos. Y desde esa base, se alzan los muros del Reino.
La Iglesia, en esta hora difícil, es profeta y samaritana. Denuncia el sistema, pero también cura heridas. No basta con decir “esto está mal”. Es necesario, como el buen samaritano, descender del caballo de los privilegios y acompañar a quienes yacen en el camino
La Iglesia, en esta hora difícil, es profeta y samaritana. Denuncia el sistema, pero también cura heridas. No basta con decir “esto está mal”. Es necesario, como el buen samaritano, descender del caballo de los privilegios y acompañar a quienes yacen en el camino.
Por eso, la Iglesia tiene hoy más sentido que nunca: no como poder, sino como testimonio. Su credibilidad está en que no se ha rendido al pragmatismo. Sigue apostando por la gratuidad, por el perdón, por la ternura como política.
Deuda cero no es solo una consigna. Es una conversión. Es volver a poner a la persona en el centro. Es construir un nuevo paradigma, donde el desarrollo no se mida por el PIB, sino por la dignidad de los pueblos. Es proclamar que no habrá paz mientras haya niños sin leche para dormir, ancianos sin techo, pueblos sin voz.
Y es, sobre todo, recordar que todos estamos en deuda. Porque lo que tenemos, en el fondo, no nos pertenece: lo recibimos para compartirlo. Sevilla ha sido una llamada. Que no se apague el eco de su clamor .
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