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"Alce la voz, como lo hizo Francisco, llame a los asesinos por su nombre"
Santo Padre:
Le escribo desde las entrañas del dolor y de la esperanza. Desde la herida abierta de un mundo desgarrado por la guerra, especialmente en Ucrania, pero también desde la convicción de que su voz puede detener la locura y encender una esperanza nueva.
La guerra sigue extendiendo su fuego como una peste que arrasa todo a su paso. He estado 35 veces en Ucrania. He visto el horror con mis propios ojos. He abrazado a mujeres violadas, a niños huérfanos, a soldados mutilados, a familias rotas. He dormido con el ruido de los misiles y he llorado en silencio ante las tumbas abiertas y los cuerpos sin nombre.
Pero esta carta no nace solo del dolor. Nace de una súplica. Hace unos días compartí una semana de vacaciones con 277 niños ucranianos: huérfanos, desplazados, hijos del miedo. Niños que han perdido todo. Al despedirnos, muchos me abrazaban con fuerza y me suplicaban, con lágrimas y palabras rotas: “Ayúdanos a parar esta guerra. Ayúdanos a encontrar a nuestros padres.”
Esas miradas me han atravesado el alma. Y no puedo callar. No puedo mirar hacia otro lado. Por eso hoy, con la libertad de quien cree en el Evangelio y con la osadía de quien ama a la Iglesia, le pido:
Santo Padre, alce la voz. Hable como lo hizo Francisco. Llame a los asesinos por su nombre. Convoque a los líderes del mundo. Póngalos en la misma mesa. No espere. La guerra no puede esperar.
Usted es hoy la autoridad moral que puede abrir caminos de diálogo donde todo parece cerrado. Su primer mensaje fue un clamor por la paz. Su ministerio empieza con una urgencia: detener las manos que matan y sanar las heridas que sangran.
No está solo. Somos millones los que creemos en la fuerza de la verdad, en el poder del Evangelio, en la revolución de la ternura que nuestro querido Papa Francisco nos enseñó. No se calle. No se retrase. No nos deje solos.
Porque mientras usted lee esta carta, hay un niño que llora por su madre desaparecida, una niña que teme cerrar los ojos por las bombas, y un pueblo entero que suplica que no los olvidemos.
Con respeto, con dolor, con esperanza y con fe,
Sor Lucía Caram
Monja contemplativa con los pies en la tierra y el corazón en las fronteras
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