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"Pocas veces nos enseñaron en el seminario a ejercitarnos contra la mentira"
Resuenan ya golpes de martillo, conversaciones lejanas, tráfico, vida… En Cádiz, estamos en la fase dos del confinamiento, pero hay cosas que siguen igual. Yo sigo confinado y cada día menos confiado. Muchos y muchas como yo, aunque nos animen y nos digan que todo va a cambiar después de esta pandemia, seguimos sin trabajo, que no es producción ni economía solamente, sino dignidad. Muchos y muchas seguimos sufriendo la indiferencia, la mentira, en definitiva, el mal, que nos hacen y que no es solamente estructural o formal, sino la mayor parte de las veces personal e intencionado.
En mi caso ya van dos años de indiferencia, de alejamiento obligado, de desprecios y calumnias, de dimes y diretes, pero pocos intentan saber la verdad de lo ocurrido. A veces pienso que algunos intentan hacerme el mal simple y llanamente.
Dicen algunos que de esta vamos a salir mejores personas, no lo sé. Lo que sí sé es que hay cosas que siguen igual. Cosas que se pueden resumir en cosas malas y buenas, a veces mejores y a veces peores. Siempre ha habido sujeto y objeto, ricos y pobres, patrón y marinero, obispos y curitas.
Oigo y leo las noticias, también del Obispado de Cádiz y Ceuta. Más de lo mismo… que si yo digo la verdad, que si tú mientes, que si yo tengo razón y tú no, que si lo mío es moral y lo que tú haces es inmoral… como si todo fuera tan evidente, blanco o negro, par o impar.
He aprendido también en este tiempo que existe el mal y la mentira, que es el peor de los males. Antes lo sabía de oídas y por los libros, ahora lo he experimentado en carne propia. En los libros de moral aprendí que hay pecado y que Dios siempre que nos arrepintamos está dispuesto, como Padre bueno que es, a perdonarnos y en los libros de filosofía moral aprendí que siempre, hagamos lo que hagamos, somos libres y aunque nos equivoquemos lo seguimos siendo… ”si fallor sum”.
La verdad es que el mal existe, que es ausencia de bien y que también tiene algo de real, que no se rinde por sí mismo, que se expande y propaga implacable y cruel como este virus.
A los curas se nos han inculcado siempre que debemos hacer el bien, cueste lo que cueste y decir la verdad… También nos enseñaron la prudencia, que no es miedo ni cómoda despreocupación.
Pero pocas veces nos enseñaron en el seminario a ejercitarnos contra el mal y la mentira para que no nos pille desprevenidos. Quizás por eso nos ha pillado a traición, desprevenidos ante este virus biológico y sociopsicológico. Y es que yo creo que estamos hechos para el bien, hechos de bondad y amasados para amar.
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