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"¿Qué pasará cuando esto pase, si pasa?"
“Mañana”, por definición y por naturaleza, “es tiempo de futuro”. “Pasado mañana” se llama al “día que sigue inmediatamente al de mañana”. “Mañanear” es “madrugar o levantarse más temprano o al amanecer”. Es posible que estas definiciones tan simples y consuetudinarias, aunque despojadas de rutinas “mecánicas y sin razonar”, nos ayuden en la tarea de intentar contestar con aproximada certidumbre esta pregunta que universalmente es formulada en los trágicos tiempos “coronavíricos” en los que nos encontramos: ¿QUÉ PASARÁ CUANDO TODO ESTO PASE, SI PASA?
El camino de la pedagogía activa -"VER, JUZGAR y ACTUAR"- podría muy bien facilitar la solución tan esperada y querida, con sacrosanta mención también para cuanto se refiere a la Iglesia.
El panorama es desolador. Diríase además que prácticamente inédito en la historia de la Iglesia y en gran parte de la de la humanidad. Datos y estadísticas así lo proclaman y confirman, con las irreparables ausencias a consecuencia de las muertes ya contabilizadas, y los irreversibles males previstos de alguna manera, tanto naturales como sobrenaturales. Ni a los avances técnicos, en la pluralidad de fórmulas, ciencias, descubrimientos y estudios, ni a los responsables de los mismos les ha sido posible prever y anticiparse, de modo similar a como si el llamado “progreso” se hubiera anclado en los tenebrosos tiempos propios de la Edad Media. “Ver”, es decir, tomar conciencia con realismo de cuanto significa y significará, personal y colectivamente, la etapa del dominio absoluto del “coronavirus” en el universo, es paso imprescindible para afrontar el problema desde la insoslayable capacidad y condición de seres humanos.
Y esto, ¿cómo y por qué aconteció, y además y todavía, con o sin claros indicios de soluciones próximas y tangibles? ¿Fue y es cuestión de falta de previsión o exceso de poder, complacidos hoy, hombres y mujeres, de habernos llegado a sentir ya semejantes, y aún superiores a Dios, convertidos en otros tantos “diosecillos”, hasta habernos atrevido a disputarle parte de sus atributos divinos…? ¿Tiene vigencia plena el diagnóstico reciente del papa Francisco de que “la indiferencia, el egoísmo y la división” se encuentran en la raíz del problema? ¿Habrá sido y ejercido la Iglesia como “Madre y Maestra” ejemplar, en la enseñanza y testimonios de Jesús, contenida y expuesta, sin necesidad de comentarios, en el Evangelio?
¿A cuantos se les “elevó al honor de los altares, con todos los procedimientos canónicos, por haber vivido los ritos y las ceremonias a la perfección, como si la religión consistiera solo o fundamentalmente en eso, y no en un historial y programa de vivencia y de convivencia entre unos y otros, sin connotaciones culturales, de colores, de sangre, de sexo, de nación o nacimiento y de creencias e Iglesias, siempre a favor de los ricos y muy raramente de los pobres? ¿Acaso los mismos “coronavirus” no se siguen prestando a demostrar que fueron educados e inducidos preferentemente para estar y conchabarse más con los pobres, que con los ricos, salvo alguna que otra excepción políticamente “inhonesta”?
Por muy claramente que hayamos “visto” y “juzgado”, el problema desde perspectivas distintas y a la luz de los Evangelios y de Libros Sagrados de otras religiones, si falta la determinación seria y comprometida de nuestra actuación, todo sería ineficaz, con lo que a los “coronavirus” jamás se les llegaría a vencer, dado que les substituirán otros de igual, superior y mala ralea o condición.
Tanto religiosa, como cívicamente,- siempre comenzando por el principio,- es incuestionable imponer un nuevo esquema de educación y de civilización. En el mismo, no sería el “yo”, el “nosotros” y lo “nuestro” los protagonistas, sino el “de todos”. Nos salvaremos, o condenaremos, todos. No unos cuantos, y siempre los mismos, es decir, los “privilegiados”.
A la Iglesia, con su jerarquía a la cabeza, le sobran posiciones de poder, riquezas, exclusivismos, mandangas, tonterías, cuentos y, sobre todo, misterios e “infalibilidades”. Le faltan humanidad, humildad, Sagrada Escritura, “santos de la puerta de al lado”, y sin canonizar, y sacrada presencia y atención en relación con los derechos y deberes de la mujer, exactamente los mismos que los de los hombres-varones.
El Código de Derecho Canónico, la Liturgia y no pocas Ciencias Sagradas, con sus correspondientes doctorados universitarios, deberán cuanto antes “pasar a mejor vida”, substituidas por otras más cercanas y encarnadas en lo “humano”, que en lo “divino”. Por poner un ejemplo, el esquema de obispos, de curias, de burocracias eclesiásticas, de cultos, de ceremonias y ritos, apenas si servirá de aquí en adelante, vencidos los “coronavirus” a los que por cierto, difícilmente les llegará la hora de su desaparición-jubilación o destierro integral, solo con las procesiones, toques de campanas, y bendiciones “apostólicas” desde avionetas, tejados de templos parroquiales, campos y plazas de pueblos y ciudades. Las mascarillas suplantarán, por fin, a las mitras, de una santa, higiénica, litúrgica y cómoda vez…
En esta limpia y adoctrinadora síntesis de pedagogía activa, se da por supuesta la proliferación de adjetivos al uso por el papa Francisco, tales como “ atrevidos, osados y audaces”. Y que conste que no es cuestión de gramática, sino de palabras y testimonios que se pronuncian, intercambian y viven en el “Camino de la Verdad y de la Vida”, es decir, en el de la salvación de todos….
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