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En 'La2' y 'TRECE'
Acabo de “oír” o “ver” – aunque ninguno de los dos términos son exactos litúrgicamente- dos misas dominicales ofrecidas por la “Dos” y la “Trece”, y me decido a hacer públicas las siguientes consideraciones:
La retransmitida por la “Dos” fue celebrada en una capilla periférica de un colegio de Salesianas de Madrid y fue presidida por Mons. Osoro, cardenal vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española. Duró 32 minutos exactos. Para mí, fue una misa-misa. Modelo de misa y a tenor y en consonancia con las razones por las que se celebraba en las circunstancias concretas de lugar y de tiempo. Sobraron, a mi modo de ver, la mitra, el báculo, el anillo, el solideo y algunas ceremonias y ritos episcopales. Los cambios y recambios “litúrgicos” distraen al personal, sin saber además los porqués que lo justifican.
La homilía fue ciertamente modélica. De padre y hermano mayor. Inteligible. Sin cansar a nadie. La Samaritana, protagonista de la narración evangélico, proporcionó elementos de reflexión más que sobrados para encuadrar la realidad de la triste y dramática situación global en la que nos encontramos, rodeados de “coronavirus” y miedos tortuosos. La esperanza, la fe, la caridad, la confianza en Dios y en los familiares, vecinos y amigos… aportaron buenas dosis de seguridad y de misericordia. Creo procedente reseñar que las homilías no se leen. Se conversan. Leer priva de la espontaneidad imprescindible para entender y entenderse en las celebraciones eucarísticas. El latiguillo de “queridos hermanos y hermanas” –repetido trece (¡¡) veces, merece mayor fijeza y revisión. Las "muletillas" no tienen carta de naturaleza y menos en las homilías.
Muy oportunas las palabras de acción de gracias con destino a las autoridades civiles que facilitan la retransmisión de misa, a sus colaboradores técnicos y a los profesionales responsables de la salud de los enfermos “coronaviruarios”. Oportuna también, y por igual, la alusión al papa san Juan Pablo II y al papa Francisco.
Pese a que fueron mujeres las encargadas de proclamar la palabra de Dios en las lecturas, cada día se echa más de menos la presencia femenina presidiendo la celebración eucarística. Pero esto no es, por ahora, de la competencia don Carlos...
Una misa piadosa. Sencilla, cercana y al alcance de muchos. Con gestos de educación y elegancia. Sin protagonismos más que los estrictamente episcopales. Con temática actual. Amable. Lejos de cualquier atisbo de aburrimiento. Esperanzadora y sublime.
De la misa retransmitida por la “Trece” no me es posible copiar el esquema de mis consideraciones y datos anteriores. Una catedral y más la de Toledo, con sus infinitas riquezas, arzobispo primado -¿eso qué es?- de España, canónigos ornados de colores y colorines, incensarios, latinajos, inciensos… no pueda dar más de sí, religiosamente hablando, y menos celebrada en el marco doliente de tantos miedos y desesperanzas “coronavirulares”.
No me explicó el por qué, para hablar con Dios y con los fieles asistentes –participantes- en las santas misas, hay que modular -cambiar- el tono de voz y tornarlo ritual, clerical y ceremonioso, ajeno a todo y a todos, e imposible de ser entendido por fieles e infieles. La homilía no es predicable con languidez, por santa y pía que parezca. La misa, por pontifical que sea o se presente, no tiene nada de función, de ceremonia y de rito. Ni la celebran, ni concelebran los liturgos. Jesús no sabía nada de liturgia. Ni tampoco de latines. Más que función, la misa es celebración eucarística. Atiborrar las misas episcopales -y más las “primadas”- de detalles litúrgicos, o para-litúrgicos, roza los lindes de la desacralización. La espectacularidad y la puesta en escena, no hace misa. Menciono y destaco para bien la redacción, el contenido y la no lectura del texto de la homilía, pero no su tono clerical, uniforme y rutinario…
Dos misas -una sola misa- pero abiertas de una manera o de otra, a la esperanza, es decir, a la resurrección y a la vida.
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