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Sin Evangelio, no hay misa. Ni Iglesia
El título completo de libro tan religiosamente inocuo y sabedor y distribuidor de las “verdades” que en su tiempo le llegaron al pueblo en calidad de “palabra de Dios”, fue y es el de “Alfalfa espiritual para los borregos de Cristo”. (Alfalfa, para los ignaros en temas campestres agrícola-ganaderos, relacionados con gramíneas y cotiledóneas, es planta leguminosa que se cultiva como forraje o alimento del ganado, y sus flores son de color violeta o azulado. Es nutritiva y más, como en nuestro caso espiritual, sus consumidores y destinatarios son, y habrán de seguir siendo, “borregos”, término coloquialmente referido a “personas que tienen poca voluntad o poca inteligencia y que se dejan llevar fácilmente”).
Respecto al libro “Alfalfa espiritual”, por ahora solo refiero que se publicaron diversas ediciones, en rústicas o ricas encuadernaciones, según, y que su influencia doctrinal está todavía vigente, con el aval diocesano del “Nihil Obstat” e “Imprimatur”. Algo similar a como aconteció y acontece con otros, como el “Kempis”, o “Camino” que, por supuesto, superan a las ediciones de los evangelios, tanto en su número, como en el fervor y la aceptación complacidamente espiritual con la que se lee y meditan.
En el contexto de la educación de la fe y en las circunstancias en las que actualmente se vive, convive, y se desarrolla la Iglesia, la relación -coincidencia de “alfalfa” y ”borregos” comporta colosal importancia.
Con el riego espontáneo de las nubes, en unos lugares o con el estudiado y canalizado sistema de la distribución del agua en terrenos secos, por lo que respecta a la alfalfa espiritual también, es preciso proclamar que, a pesar de las apariencias, sobran toneladas de estas leguminosas. Idéntica calificación es aplicable a los “borregos”, por cristianos que sean o se diga que son.
A la Iglesia le fatlan evangelios y Evangelio. Y este y su contendido jamás podrán identificarse con lo que se dice y predica como religión o religioso. “Evangelio” y” religión” son cosas distintas, aunque en las Ciencias Sagradas – Teología, Pastoral, Código de Derecho Canónico y Sagrada Liturgia, por ejemplo-, ambos conceptos se presenten en igualdad de condiciones y valoraciones “a los ojos de Dios y a los de los hombres”, y en la pluralidad de expresiones, más en las jerárquicas que en las populares. Y es que el pueblo-pueblo, sin órdenes “sagradas”, puede ser, es, y practica la Teología tanto o más como los doctorados ”oficiales” en las referidas Ciencias, o “ in utroque”.
El pueblo de Dios, sin alfalfa y sin borreguismo, está y ejerce su doctorado por todas partes, y siempre “cum laude”, en las ciencias de la vida, antropología, - como laicos y laicas-, en su profesión, familia, gozos y tristezas, esperanzas y desesperanzas, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte , en el paro y en el desamparo y en el amor o desamor institucionalizado o no.
Echar, despedir, desterrar o exiliar al Evangelio de personas concretas, colectivos e instituciones eclesiásticas …parece haber ido, y ser, empeño y compromiso de responsables de organismos que se intitulan eclesiásticos o religiosos. Es patente y constante comprobar, por ejemplo, que el Evangelio precisamente eje y centro de educación de la fe, le sea escatimado, y aún manipulado en momentos y situaciones difíciles y hasta extremas. En los planes de enseñanza, la religión como asignatura, hoy tan reclamada por “quienes mandan y tienen poder para ello”, no es el Evangelio- evangelio, objeto y sujeto de sus reivindicaciones principales, sino otros “valores terrenales” a los que bochornosamente se les aplica con tranquilidad de conciencia la calificación de “religiosos”.
Tampoco es sistemáticamente el Evangelio quien llama ya con insistencia a las puertas de las ”inmatriculaciones” de” lugares sagrados” y de las chapucerías y otros cambalaches , legales o no tanto, y a cuenta de mantener situaciones y “status” de privilegio para sí o para el grupo.
El destierro más o menos consciente, del libro tan sagrado como el Evangelio y la substitución espuria por folletos, estampitas, folletines, “Años Santos” y aún Cartas Pastorales, le suponen hoy a la Iglesia una de las crisis más nefastas e ignominiosas que registra su historia.
Y es que, sin Evangelio, no hay misa. Ni Iglesia. Lo que habría -y hay- sería, y es, otra cosa. Algo así como una profesión, oficio, negociado o negocio. Así de claro, de Vaticano II, de sinodalidad y “de facto”.
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