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"Alberto era y poseía un intenso y extenso espíritu misionero"
La noticia de la muerte de Alberto Torga, hombre esencialmente bueno y sacerdote del Concilio Vaticano II, en Bolivia, me impresiona, me duele. Siento en el alma perder un amigo y me duele más todavía que por tres días no he podido despedirle. Viajo a España el día 8 de julio.
Siento necesidad de evocar su memoria, de rezar, de expresarle mi inmenso cariño entrañable, de ponderar la personalidad multiplicada que expresaba en su ser y en su hacer.
Le conocí en la década de los 80 en Nüremberg (Alemania) cuando era capellán de emigrantes en la Misión Católica de Habla Española en Nüremberg. Antes lo había sido en Holanda.
Cada dos años me invitaba a confirmar a los hijos de emigrantes españoles y de América Latina. Era la fiesta de la comunidad, celebrando la presencia del Espíritu Santo en las y en los confirmandos, preparados con esmero durante mucho tiempo, por las hermanas del Santo Ángel que compartían y animaban colegialmente la Misión Católica de Habla Española.
Pero mi visita era un encuentro vivo con toda la comunidad creyente, evangelizada y evangelizadora. Ciertamente era una comunidad en salida, presente en las periferias humanas y geográficas, una comunidad de hermanas y hermanos que traducían la fe, la pasión por Jesús en pasión por la justicia, por los pobres excluidos y migrantes. Y también por los pobres de África y de Bolivia, colaborando con nuestras obras sociales.
Alberto era y poseía un intenso y extenso espíritu misionero.
Siempre que iba a confirmar a Nüremberg, lo hacía también en la Misión Católica de Habla Español de Munich, alentada en la fe por el sacerdote madrileño, otra joya, Alberto Martínez y la envidiable comunidad del Santo Ángel, que llevaban una pastoral de conjunto esencialmente misionera. Las dos misiones constituían una auténtica fraternidad apostólica, integrada por los dos sacerdotes Alberto Torga y Alberto Martínez, por las Hermanas del Santo Ángel y por las y los laicos migrantes. Otro día os hablaré de las misiones de Nüremberg, Munich y Remscheid.
Pero hoy solo me ocupo y preocupo rezo y recuerdo con todo el cariño a Alberto Torga Llamedo, fallecido el 5 de julio a los 91 años de edad.
Alberto Torga Llamedo era un hombre cabal y abierto,
dotado del sentido de Dios y del sentido de la persona humana
muy humano y muy divino,
muy sensible y compasivo,
amigo de los amigos,
siempre dispuesto a hacer favores
sacerdote del Concilio Vaticano II
hombre que sintonizaba con la mujer y el hombre de hoy,
dotado del sentido del humor,
expresado con amor y ternura.
Creyente profundo en el Dios de Jesús.
Un amor de persona.
Todos los veranos cuando iba a España, le visitaba en Vegadali, su pueblo, con Ana Villaverde, también amiga.
Hoy lloro su muerte y celebro su Resurrección.
Tanta bondad acumulada y practicada no puede morir, tiene que resucitar. Amigo Alberto Torga Llamedo, descansa en Paz.
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