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"Dios le dio toda la magia de jugar al fútbol"
Tengo un amigo.
Julián se llama.
Nació el 30 de agosto de 1960. Mellizo íntimo de Diego Maradona.
Me gusta decirle que ese día Dios le dio toda la magia de jugar al fútbol a Diego y al resto, ni para patear contra la pared.
Julián es ejemplo indudable de esa negación natural para siquiera parar la pelota de manera digna. Je!
La muerte de Diego sorprende como lo hace la de quién es imposible ignorar por lo que era capaz de inventar en una cancha de fútbol.
Un colega dijo una frase que me parece que describe el sentimiento: “No me había dado cuenta cuánto Maradona había penetrado mi alma, hasta hoy”.
Entre todas las cosas que se dijeron, se dicen y se dirán de Diego me parece insoslayable rescatar que su felicidad consistía en “ser” Maradona: el tipo retacón con una genial capacidad de darle tres dimensiones y tecnicolor al juego más hermoso del mundo.
Pero entiendo que también es oportuno resaltar que le arruinó la vida el esfuerzo sobrehumano de tener que “hacer” de Maradona.
Diego fue, es y será una víctima del sistema. El mismo que sin importar en qué, estruja hasta la última gota el negocio que representa.
Concede, adula, adorna, abusa, mientras saca rédito sin importar la persona, su origen, sus principios, su misma dignidad.
Esto no exime de la propia responsabilidad, pero a veces –y este es el caso- el manejo económico no perdona ni la inocencia de la niñez, ni el respeto por tratarse solamente de un ser humano más.
¡Y nosotros subiéndonos al carro de las valoraciones morales! Condenando, reclamando, exigiendo impiadosamente cosas que ni a nosotros mismos nos exigimos.
Diego, que era inmensamente feliz “siendo” Maradona, con una pelota de fútbol, nunca supo ni le ayudaron a “hacer” de Maradona, con todo lo que eso significa.
Y me parece que en el día de su muerte podría venir bien que revisemos en nosotros mismos lo que “somos” y nos hace felices y distinguirlo de lo que “hacemos” para aparentar, para figurar, para ganar fama y dinero, como si eso sólo fuera el éxito.
Julián, mi amigo, me confiaba que no sabe por qué pero que los insultos a Diego le dolían como si fueran a él mismo.
Y concluíamos que era porque con Diego se daba de una manera misteriosa el ser compañeros de camino. Aún sin haberse nunca conocido.
Y también me pasa en algún punto. Sobre todo porque me sentí impotente muchísimas veces por no poder estar cerca de Diego para decirle qué cosas sí y qué cosas lo hundían en la casi indignidad. Es como un dolor tan raro como real.
Diego era feliz “siendo” Maradona. No supo nunca “hacer” de Maradona. No tenía por qué.
Así mismo su sólo nombre despierta sonrisas y brillo en los ojos. Algo bueno hizo: ser Maradona.
Lo demás es un juicio que no nos corresponde.
Por eso presentémosle las disculpas del caso y a la vez la sensatez para agradecerle por lo que hizo siendo él mismo.
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