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Tardes sintonizando la televisión de la Conferencia Episcopal
Cuando sintonicé, se especulaba sobre un supuesto acuerdo PSOE–EH Bildu, para repartirse poder en las instituciones. No se cuestionaba el ejercicio del poder, sino las malas compañías a la hora de alcanzarlo. Y nada se dijo del poder bienhechor que nos oprime ni de la opción por un mundo en el que lo importante es servir.
Una vez que la infamia de aquel acuerdo quedó glosada lo suficiente para que, en la mente del espectador, lo de “supuesto” desapareciese en favor de “innegable”, se pasó a entrevistar a un jefe de policía que, en el desempeño de sus funciones de servicio a la comunidad, había sido agredido por un vendedor ambulante.
El motivo de la entrevista era la sentencia judicial que condenaba al agresor, sentencia cuestionada porque, castigando levemente un delito grave, se enviaba a la sociedad una peligrosa imagen de impunidad para los delincuentes. Lo que pude entender era que en aquel estudio televisivo se tenía más sentido de la equidad que en el aula de justicia; que las penas tendrían que desempeñar una función disuasoria; y que los vendedores ambulantes son una especie a extinguir –al policía no lo agredió alguien con nombre y apellidos sino “un vendedor ambulante”-.
Y nada se dijo de ese vendedor, de su familia, de su entorno, de sus problemas, de sus necesidades, de su futuro, de su recuperación, no digamos ya de su salvación. Había desaparecido el hombre y habían quedado los intereses ideológicos del medio de comunicación.
Se habló también de listeriosis.
Y de la listeriosis, tratada con asepsia informativa, se pasó a la salmonelosis, infección asignada nada asépticamente a un restaurante “japonés”. Lo de menos era el niño intoxicado y quienes padecieron con él la infección. Lo importante era el “japonés” y las sanciones. Eso es: de nuevo las sanciones.
Se habló también de Dana –la gota fría-: pude ver innumerables veces la imagen de una mujer que, en una situación de evidente peligro por la riada que amenazaba con arrastrarla, se agarra a la vida y se salva.
Entonces me dije: ahora hablarán de los desaparecidos en el mar de Libia; seguro que reclamarán sobre ellos la atención de la sociedad; se preguntarán por la situación de los emigrantes en Libia; indagarán qué puede haber de tan horrible que, por dejarlo atrás, miles y miles de personas se echen al mar a riesgo de perder la vida. Esperé algo de todo eso, pero no hubo nada. ¡Nada!
Y caí en la cuenta de que no estaba en la montaña escuchando a Jesús de Nazaret. Simplemente estaba viendo y oyendo la TRECE.
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