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"Elegante, bien hablado, conversador, un tanto filósofo y profesional del periodismo 'como la copa de un pino'"
Miguel Ors era todo un señor. Elegante, bien hablado, conversador, un tanto filósofo y profesional del periodismo “como la copa de un pino”. En las áreas de la información deportiva lo fue todo, o casi todo. En TVE uno de los primeros. Desde la tribuna del periódico “PUEBLO” completó y extendió su capacidad de influencia en otras áreas no estrictamente deportivas, pero relacionadas con ellas, como las del “totum revolutum” de la política y adyacentes, sin exclusión de las económicas y sociales.
Para el amigo Miguel, al igual que para tantos otros profesionales del “seminario”, la “santa casa “vespertina de PUEBLO, yo fui y actué pastoralmente de “pater”. Bautizos, bodas, funerales, informaciones religiosas … fueron de mi competencia en unos tiempos del “nacional-catolicismo” de infeliz recordación para los más, pero feliz y añorado por otros. Todo eso, en planos de amistad y camaradería plural, consideración y respeto y afán desbordado por llegar cuanto antes a la noticia, descubrirla, interpretarla y buscar caminos relevantemente intrincados de difusión, pudiendo salvar alguna vez las férreas censuras y jugándonos el tipo… ¿Hay quien dé y se exponga más, y con mayor devoción a estos signos devotos de profesionalidad tan acendrada?
Familiarmente mantuve con Miguel y Margarita, su esposa, relaciones y tiempos de satisfacción cordial y cercana. Casé, por ejemplo, a su hija María, bella y buena por naturaleza y por la gracia de Dios, y en más de una ocasión me cité con él en los últimos tiempos en un hotel de la calle Cartagena, en el que le tenían reservado un “despachito” para tomar café, leer los periódicos y redactar su colaboración para ABC o para “La Razón”, teóricamente deportiva, pero en la práctica también política, o allegada a tales menesteres.
Hace un leve puñado de días hablé por teléfono con Miguel, interesándome por su salud y la de los suyos y el comportamiento de los malditos “coconavirus” entre los familiares y amigos que se relacionaban con él, y quedé citado para una comida en su casa, cuando nos lo permitieran las leyes o normas de los “periodos de alarma o de excepción”, dictados al efecto por los gobernantes, por lo visto y oído, “bien asesorados por los expertos de turno –“los mejores de Europa”-, pese a que las estadísticas parecen proclamar lo contrario.
Recuerdo que las últimas palabras que me refirió Miguel, con esperanza y resignación, fueron estas: ”A nuestra edad, y tal y como se están poniendo las cosas, todas las noches, antes de dormirme, y como podrían recitar alguno de mis nietos, le mando un beso a Dios y le digo: ¡hasta mañana, si así Tú lo quieres…!
Yo, por si acaso, nacido en el mismo año que Miguel, y al igual que él, enfebrecido todavía por la profesión del periodismo, a la hora de acostarme, me acuerdo de tan santas palabras del amigo…
Como la amistad, la profesión es un grado. Imprime carácter y es ejercicio eminentemente cristiano. Es oración, también en beneficio del prójimo al que intenta servirle la verdad, que es lo que nos hace y re-hace ser libres y, por tanto, personas e hijos de Dios.
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