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A finales del pasado siglo, adquirí en Madrid un interesante poemario de 478 páginas con la obra lírica de un autor mexicano, para mí desconocido, Roberto Cabral del Hoyo, que todavía estaba vivo, pero fallecería en su patria chica en octubre de 1999. Como había nacido en Zacatecas en 1913, curioseé hace dos años por la red si había recibido el poeta un homenaje nacional con motivo de su Centenario; y, la verdad, me sorprendió el relativo silencio de críticos, editoriales, lectores de poesía... Única humilde excepción: recordaron un poquito a su poeta zacatecanos con memoria. La orfandad de sus versos, en antologías de papel o de bits, me dio la sensación de haber sido absoluta.
OCHO POETAS MEXICANOS
Por eso nos estamos permitiendo ahora dar a conocer un puñadito de buenos poemas, y que la gente opine por sí misma y no se deje arrastrar por prejuicios de condena o ignorancia. Roberto Cabral perteneció, en la década de los 50, al creativo grupo Ocho Poetas Mexicanos. “La crítica los mantiene relegados –informa Maritza M. Buendía– por haber publicado en Ábside, editorial con fuerte sello católico.” El mismo Roberto reconoce con posterioridad: “nos perjudicó que el primer libro saliera en “Bajo el Signo de Ábside”, una revista editorial, digamos confesional, dirigida por sacerdotes...”
Curiosamente, por otro lado, todos los poetas del grupo fueron incluidos en una antología de la Biblioteca Nueva de Madrid, dedicada a la poesía de América Latina. Nos unimos a ellos desde “Religión Digital”, ofreciendo un granito de queja a la marginación a que fueron sometidos por años y hasta décadas: ardía México, por entonces, en la perseverante hoguera anticatólica de la primera mitad de Siglo.
LATE EN TU VIENTRE UN HIJO
Los siguientes versos fueron escritos con posterioridad a su enlace matrimonial, en 1944, con Alicia Bowling, que engendraría cinco retoños del mutuo amor: Laura Alicia, María Luisa, Roberto, Carlos y Fernando. En juego consonante de rima, que será un clásico de su composición lírica, desahoga su emoción el poeta en escuetos versos de padre feliz (“en mi cerebro un canto”). Lo más original del escrito, lo más intenso, que corresponde con primitivos rituales de ciertas culturas: a tal punto el esposo se identifica con la fecunda y poderosa espera de la madre, que vivencia con ella la orgullosa plenitud de la preñez.
EL SÓLIDO EDIFICIO DE TU SAGRADO CUERPO
En el poemario “Por merecer la gracia”, se incluyen los versos de “Alabemos”, fervoroso cántico a la mujer, que nos invita a releer el Cantar de los Cantares (4,1-4; 6,4-9), y piropea su belleza y perfección, su misterio (“sagrado cuerpo”, “arcano”) y su ternura, descubriendo, en lo más íntimo del cuerpo, panales de dulzura. Allí se entroniza el santuario de la vida: “templo del inefable sacrificio” (el parto con dolor, ¿correctivo de Dios?: “multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos”: Gen 3,16?).
El encanto del salmo de alabanza se quiebra brutalmente en el último verso (“para que la devoren los gusanos”). Sugeriría que, antes de profundizar personalmente en el misterio de la muerte, meditásemos el similar soneto “Oración por la belleza de una muchacha”, de Dámaso Alonso, que, encendiendo el sonido y manejando el ratón con parsimonia, se os desplegará, en PPS, pulsando aquí.
Y YO TE LLEVO OCULTA, FECUNDA, PERMANENTE...
La infancia de Roberto Cabral fue muy triste: con solo dos años perdió a su padre, con quince a la madre, y tuvo que cuidar como jefe de familia a sus dos hermanas, habiendo heredado negocios ruinosos. Sus versos, tan biográficos siempre, reflejan, con hondura y pasión amorosa, la ausencia –que es también presencia– sobre todo de la madre (“ni llanto, ni cicatriz, ni olvido”).
Es emocionante el sentimiento de permanencia, de salvación, de una madre que se despide, in extremis, del hijo, pero se siente prolongada en la aventura existencial de su propia sangre. En el poema de hoy, “Se dijo que una madre ha muerto”, la vivencia es contraria: se dirige a la madre invisible, pero cercana, el hijo. Con ojos de Roberto la madre mira hoy. Con la voz de Roberto la madre habla hoy. Y sigue viva con su vitalidad. ¿Muerta la madre? De ninguna manera: vive en el hijo, como vivió el hijo huésped en su materna entraña... Ella es el tronco del árbol de la vida, su hijo ramaje nuevo, “alto sostén de nidos...”
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