Rafael Morales 1. POEMAS DEL TORO
Preside el post de hoy una simpática estampa de Talavera de la Reina, Toledo, dibujada sobre azulejos de alfarería talaverana, reconocida internacionalmente desde hace siglos. En esta industrial, artesana y agrícola ciudad a orillas del Tajo, nació en 1919 el poeta Rafael Morales, a quien dedicaremos varias entregas literarias. Hijo ilustre también de Talavera, el notable lírico Joaquín Benito de Lucas ya fue presentado en Nido de Poesía a lo largo de tres apretadas páginas (pulsar).
La “Obra Poética completa” de Rafael Morales se dio a conocer en Cátedra, pocas fechas antes de su fallecimiento, con 86 años, el 29 de junio de 2005. Apoyados en esa edición, ensayaremos en varias entregas una modesta aproximación a sus versos, especialmente a poemas de su primera etapa lírica (1943–1954).
RELIGIOSIDAD DE LA POESÍA DE RAFAEL MORALES
Me parece justo hacer referencia de Rafael Morales, destacado creativo de la Primera Generación de Posguerra, como autor de poesía religioso-existencial. En las dos selecciones de poesía religiosa de la BAC, “Dios en la poesía actual”, 1976, y “Hombre y Dios I”, 1995, se antologizan poemas suyos. Pero me gustaría citar, sobre todo, la meritoria Antología de Poesía Religiosa de Leopoldo de Luis, Alfaguara 1969, donde se incluyen, en nómina de poeta arraigado, versos del escritor talaverano. Por la claridad y belleza de su exposición, reproduciré algún párrafo de la “Poética” que escribe Morales para esta Antología:
POEMAS DEL TORO
Al descubrir la emocionante galería de astados vivos, tiernos y fuertes, de “Poemas del toro” (1943), lo primero que me vino al corazón, como obligada referencia textual, fueron algunos inolvidables sonetos con toro, de Miguel Hernández, que tan comprometidamente había trabajado para José María Cossío en la meritoria redacción de biografías de toreros. Se centra, sobre todo, Morales en el toro como animal real con instinto y emociones, más que como símbolo. Y observa con sufrimiento su dolor, más que el arte y la belleza del espectáculo.
En la antología de Rafael Morales que manejo (Cátedra 2004) encontramos 23 sonetos con variados y felices títulos como Maternidad, Toro en primavera, Muerte del toro, Toros en la noche, A un toro blanco... En el breve espacio de una sola entrega de blog, reproducimos hoy dos hermosos poemas: “Choto” y “A un viejo toro”... No olvidemos que la edición de “Poemas del toro” fue la oportunidad, bien aprovechada, de inaugurar,como número 1 de la colección, la extraordinaria selección lírica “Adonáis” de Ediciones Rialp. Con esta prodigiosa entrega literaria de un desconocido joven provinciano de solo 24 años, se inaugura en España una senda rehumanizadora de honda raíz existencial y nobles sentimientos, solidarios y libres.
AJENO AÚN AL DOLOR Y A LA TRISTEZA
Corretea feliz el joven toro por la hierba. Pero una fuerza cósmica, inrresistible, se ha ido apoderando de él, un "ansia nueva", un "ardimiento" muy semejante al amor, le está obligando a suspirar un "cálido mugido". Siente alegría, todo lo ve con ojos nuevos... Pero nosotros sabemos que en realidad no es más que un toro bravo adolescente, y es su destino que la espada de llama de sus cuernos, una tarde de sol, de olés y palmas, habrá de batirse en duelo con otra espada más larga y más traidora que le ensartará el corazón, le corneará la vida...
TÚ NACISTE HURACÁN DE PLOMO ESPESO
La sensibilidad solidaria de Rafael Morales se compadece de un toro anciano y dialoga con él amistosamente. Repetirá más adelante, en otros poemarios, la descripción presente de rasgos corporales de la vejez del toro, poetizando la ancianidad humana (y hasta la suya propia). Habrá de ir descubriendo con tristeza la realidad dramática del paso del tiempo, el destino final de todo ser vivo, que es ser muerto.
Descubrirá las claves de su trayectoria existencial meditando poemas de otro tiempo, haciendo suyos versos de otro siglo. Muy interesante y definitorio de su talante lírico el comprometido autorretrato que solía referir a sus amigos: “Mi utópico ideal poético ha sido, es y será siempre sentir con la ternura de Lope, pensar con la tensión dramática de Quevedo y decir con la hermosura deslumbrante de Góngora.”