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Jesús Mauleón: "Dejamos la poesía para el cielo"
La mirada de Jesús se detenía, sobre todo, en la original existencia de cada ser humano integrado en un grupo, modelado y bendecido por los fértiles tactos de un paisaje. No se encerró Jesús en cueva de eremita: viajó de aldea a aldea, de corazón a corazón, pregonando la inminencia del Reino. Como nos describe Francisco, vivía el Señor “en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de cariño y asombro”.
Hemos iniciado la aventura de hoy con la delicada estampa de cuatro exóticas palomas apagando la sed. Pero el amante de la creación descubre belleza también en lo corriente, milagros en lo pequeño, lo vulgar, lo insignificante. Os confieso que algún televisivo documental de naturaleza me ha acercado más a Dios que rutinarias homilías, convencionales manuales de espiritualidad...
INVITABA A RECONOCER EN LAS
COSAS UN MENSAJE DIVINO
VÁMONOS CONTIGO AL BAILE DE LA VIDA
Inminente la celebración navideña, nos parece oportuno presentar un bello poema que todavía no es villancico, pero tiene mucho de adviento y víspera del más grande regalo del Padre al universo: la entrega de su propio Hijo encarnado en un bebé nazaretano. No solo la humanidad baila ya de júbilo, también la naturaleza ensaya su cortejo de bienvenida, sus vítores de fiesta y canto: los caminos, las aves, los lirios, los trigales, y el agua y el vino... Y los árboles, el sol, los pinares, las rosas... Todos, todos se entrenan para la ronda universal. Todos, Señor, baten palmas, te acompañan polifónicos por los caminos del mundo: “Ha empezado la alegría: / vámonos contigo al baile / de la vida, y que en el mundo / hasta los dolores canten...”
En el frontispicio del poema, el autor salesiano de estos versos, Rafael Alfaro, nos ofrece los siguientes versículos del Cantar de los Cantares: “¡La voz de mi amado! Vedle que llega, saltando por los montes, triscando por los collados. Es mi amado como la gacela o el cervatillo. Vedle que está ya detrás de nuestros muros, mirando por las ventanas, atisbando por entre las celosías” (Cant 2, 8-9).
INVITABA A RECONOCER EN LAS COSAS UN MENSAJE DIVINO
Acaba de fallecer en Madrid, a sus 92 años, Carlos Bousoño, uno de los más importantes poetas y críticos literarios de nuestro tiempo. Con solo 22 años, publicó en Adonais sus primeros versos, “Subida al amor”. Seleccionamos hoy un sugerente y tierno título, “Cristo en los campos”. Así se dirige Bousoño a Jesús: “Andabas por los campos de Palestina suaves, / mirando largamente crepúsculo y aurora...” Y más adelante: “Largamente mirabas el mundo que Tú hiciste. / Todo lo recordabas, amándolo en tu seno...” Cuando describe el campo, se detiene el poeta en la luz, en las viñas y el trigo, en los lirios, en las aves, la noche y las estrellas... Toda la sinfonía cósmica que arropa y exalta la singular presencia del enviado de Dios, que “hacía Hombre” la esencia del Padre divino. El Creador deviene criatura. La eterna Luz se hace sangre en Jesús, luminosa y fragante primavera.
Para comprender en profundidad la existencial vivencia de Carlos Bousoño en sus escritos, nos parece esclarecedora la Poética que dio a conocer en 1969 en la Antología Religiosa de Leopoldo de Luis: “Creo que toda mi poesía, aún aquella zona de ella más aparentemente lejos de la idea de Dios, se halla traspasada por la emoción de lo trascendente, y en consecuencia, de algún modo, esa poesía podría, sin impropiedad, ser calificada de “religiosa”. Recogiendo este pensamiento, así celebra Francisco Brines, en 1995, la paradoja cordial que conmueve las raíces secretas de la poesía bousoñana: “Estamos ante el poeta incrédulo más hondamente religioso de nuestro tiempo...”
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