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Jesús Mauleón: "Dejamos la poesía para el cielo"
La escritora alicantina Francisca Aguirre (Paca para sus admiradores) dio a conocer, en 2010, su original ensayo lírico “Historia de una anatomía” (ediciones Hiperion), que inmediatamente recibiría, entre otros, el Premio Internacional Miguel Hernández. De este poemario ya hemos presentado algunas notas en este blog “Nido de Poesía”, que podéis consultar pulsando, al final de la entrega de hoy, los siguientes enlaces: Francisca Aguirre (1) y Francisca Aguirre (2).
PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS 2018
Ocho años después de “Historia de una anatomía”, acaba de recibir la poeta mediterránea un notable reconocimiento al conjunto de su obra: el Premio Nacional de las Letras 2018. Permitidme reproducir los motivos de la selección que expresa el jurado en su comunicado: eligió esta obra "por estar su poesía (la más machadiana de la generación del medio siglo) entre la desolación y la clarividencia, la lucidez y el dolor, susurrando (más que diciendo) palabras situadas entre la conciencia y la memoria."
TRES NIÑAS DE SIETE, NUEVE Y ONCE AÑOS
Rebobinamos el tiempo y nos asomamos a un artículo del poeta Félix Grande que, en vísperas de la publicación del “Ensayo General” de su compañera Francisca Aguirre (Calambur, 1966-2000), arriesgaba información sobre circunstancias personales de la escritora, “de talento, coraje y belleza” (Julio Lasheras), que tanto influyeron en sus escritos de mujer comprometida con la verdad y la confidencia (pulsar).
Con la solemnidad de un pregón de viernes santo, de un grito en noche oscura, de una sentencia que reventó cristales, refiere Félix la noticia de cómo un día la Justicia, terremoto, sunami, descargó su implacable furor sobre la blanca vida de tres inocentes pequeñas:
Entrevistada por un periodista en nuestros días, así se desahogaba la mayor de las hermanas: “Yo me quedé sin sentido en el mundo. Yo no sabía cómo vivir… El mundo se convirtió en un agujero, en una cosa vacía. Nos quedamos como peces en una pecera sin agua… Y tuve que aprender a vivir en un mundo en el que no había agua…”
LA GUERRA CIVIL ME MARCÓ PARA SIEMPRE
En entrevista de 2009, le preguntó María Isla por su padre, condenado a muerte por el régimen de Franco: ¿qué recuerdos tiene de él?
"Era un hombre muy inteligente, muy alegre y un gran pintor que aún no está reconocido. Estudió bellas artes, hizo carrera como policía durante la República, daba clases como catedrático y era muy conocido por su pensamiento librepensador. Era un bohemio y tenía un concepto de la legalidad muy grande. Cuando murió fue un golpe muy duro para mi familia, de hecho la Guerra Civil me marcó para siempre.
No pudimos entender nada de lo que ocurrió. Aprendí que la vida va marcando sus estancias y sus instancias y que hay que tener humildad de recibir ayuda cuando se necesita y darla cuando la precisan los demás. También aprendí el concepto de solidaridad y que si valoras todas las cosas, se les puede sacar provecho. Lo que no se puede hacer es tener vida y no vivirla."
QUISE MIRAR HACIA ATRÁS,
MIRAR SIN IRA
El tema de la muerte de su padre aparece central en su poesía de madurez, con más de cuarenta años vividos, y muy especialmente en su poemario “Los trescientos escalones”, aparecido en 1975 para enfrentar aquellos primeros años de su vida.
Otro ejemplo: versos del poemario “Espejito, espejito”, donde, acercándose a la niña que fue y preguntándole –“espejito, espejito”– por el “nuevo florecer de España” obtiene respuestas tan contundentes como los siguientes versos dedicados a su amigo José Hierro, que se abren con la siguiente noticia: “El 6 de octubre de 1942 mi padre fue ejecutado en la Prisión de Porlier”, y reproducimos en sus últimos versos:
“Qué mal año aquel año cuarenta y dos. / Pero ya ves, hermano, todo pasa / y, como decía Machado, todo queda: / han quedado tus versos y mi infancia: / tu Quinta del 42 jugando al corro con mis doce años, / “agáchate y vuélvete a agachar”, / seguro, Pepe, segurísimo, / lástima que no lo supieses / en aquel interminable mil novecientos cuarenta y dos.
El propósito de escribir “Espejito, espejito” lo expresa Francisca Aguirre con lucidez en la siguiente reflexión: “Quise mirar hacia atrás, mirar sin ira, también con un poco de piedad, y también de verdad, con el fin de que esa triste y muy mala experiencia nos sirva a todos para vivir un poco más compasivamente.”
Cerraremos hoy nuestra ambientación de poemas aguirristas con dos notables títulos: “La lluvia” (de “La otra música”) y “Hace tiempo” (de “Pavana del desasosiego”). En los sencillos pero exquisitos versos de “La lluvia”, dedicados “A mi madre y mis hermanas”, evoca Francisca la fugaz supervivencia de la familia en París, mantenida con la habilidad artística de Lorenzo, maestro de la figura humana con calidad cuasi mística, sin olvidar su extraordinario tratamiento del paisaje, también del paisaje urbano. (Observación: Aguirre no es el autor del cuadro, solo se trata de una ambientación.)
En los versos de “La lluvia”, rememora con emoción la niña grande su admiración infantil hacia el papá creador, mago del color y las figuras, que iban conformándose hasta la terminación del cuadro: “de nuevo está naciendo el bulevar, / la lluvia, el mundo.”
Y UNA MUJER QUE SABE QUE LOS MUERTOS NO MUEREN
En el poema “Hace tiempo” regresa Francisca Aguirre a la niña del poema anterior “La lluvia”, con entregada fe en su padre y su ilusión de paraíso entre los hombres. Pero la tierra se convirtió en desierto sin pájaros ni estrellas, en socavón-tumba que se tragó la vida, en silencio de almas, de ríos, de sangre, “como si de improviso, / sin entender por qué, me hubieran apagado…”
Comentando estos versos Emilio Miró, en su presentación de “Ensayo General”, funde la imagen de la niña que espera y la mujer que canta la vida más allá de la muerte. Así celebra la madurez existencial de la autora del poemario: “mujer sabia que ha recuperado al padre arrebatado, en sus cuadros, sus paisajes, su luz, y que «sabe que los muertos no mueren», pero también –todavía y siempre– «la niña que espera en un muelle lejano».
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