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Jesús Mauleón: "Dejamos la poesía para el cielo"
No quisiera cerrar el año del Centenario de Miguel Hernández sin dejar una pequeña reflexión en "Nido de Poesía" sobre el interesante poemario de la alicantina Francisca Aguirre: "Historia de una anatomía" (Hiperion 2010), premio Internacional de Poesía Miguel Hernández, dotado con 24.000 euros. Se presentaron al concurso 547 trabajos y fue muy reñida la selección.
Se trata de una obra original, con un lenguaje sencillo y directo, irónico y desenfadado a veces, sabio y hondo casi siempre, que tanto me recuerda a la escritora polaca Szymborska (Nobel 1996). Algunos títulos, más propios, a primera vista, de un manual de Fisiología que de un libro de versos, suenan así: Las manos, La cabeza, La boca, La mirada, La sed, El oído, El tacto... Y contabilizamos hasta cuarenta y cinco poemas que constituyen la totalidad de las cuartillas premiadas.
Lo original del tratamiento lírico ha sido acoger todas las dimensiones de la realidad del cuerpo humano: presentándolo como sujeto de pruebas médicas (Radiografía, el primer poema), compuesto de muchos elementos físicos (Columna vertebral, El pelo, La piel...), pero también espirituales, como La memoria, Las pasiones, La voluntad, Los sueños, La esperanza... Tampoco falta, en el desarrollo, la dimensión ética, estética y social... Pero el mayor acierto ha sido integrarlo todo en una biografía existencial. Bellamente lo expresa Santos Dominguez:
Como la mejor manera de vislumbrar algo de la creatividad, en su segunda juventud, de Francisca Aguirre (recibe el premio con 80 años), me permito presentar hoy dos poemas, bellos y chispeantes, seleccionados al azar: "La sonrisa" y "El gusto".
"LA SONRISA DE ALGUNOS NIÑOS AFRICANOS..."
Algo tan simple como la sonrisa de un niño dispara en la poeta alicantina toda una verbena de cohetes de luz y sentimientos transpersonales. Mejor aún si vive en África y tiene color, calor, de noche en luna llena. Así mendiga Garciasol a un pequeño su risa, su intuición, su fantasía ("Limosna"): "La rebanada de risa / dame, niño, de tu pan / de inocencia. / Me muero de hambre de ciencia / tuya, pequeño: / de saber a cualquier cosa / darle sabor de alto sueño, / de saber hablar en rosa..."
"UN SUAVE PALADEO Y HEMOS VUELTO A LA INFANCIA..."
Con frecuencia, saborear un alimento nos inunda, sorpresivamente, de sensaciones y emociones antiguas, actuando como disparador de experiencias agazapadas en la memoria corporal. Para mí, comer naranjas despierta por mi sensibilidad vivencias felices y, al tiempo, dolorosas. Y tiene una explicación: con tres y cuatro años mi madre nos alimentaba en Valencia con sacos de naranjas recogidas por huertas y mercados. Era el único alimento que, afortunadamente, conseguía nos llegara en la terrible España de la Guerra Civil. Y hoy un cesto de naranjas es campana de Paulov que estimula mi apetito y satisface vicariamente mi necesidad de afecto.
Una rebanada de pan con aceite, una onza de chocolate mordisqueado con deleite, evocan, para Francisca Aguirre, joven octogenaria, tiempos mágicos de oro, tiempos felices. El diábolo ascendía a las nubes como una mariposa en sus traviesas manos... Risas y lágrimas le sabían entonces, le saben hoy, a fascinante aventura por el laberinto brumoso de la vida...
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