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FRANCISCO BRINES con sol de Paraíso, con luz crepuscular

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
13 jul 2018 - 13:50
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Acaba de obtener el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana el escritor valenciano Francisco Brines. Mi más cordial felicitación a tan importante poeta de la generación de los 50. Con enorme placer he bajado al atril de lectura su "POESÍA COMPLETA" (Tusquets 2000),y repasado con emocionado aliento la fecunda

galería de sus inquietantes versos. En un rincón del despacho encontré un librito, "Las brasas", su primer trabajo lírico, premio Adonais a sus 27 años.

Tiene para mí este ejemplar una significacion muy especial. Está dedicado por el autor a mi padre "Nicolás de la Carrera" (año de 1960). Lo más valioso para mí es la segunda dedicatoria que le acompaña, también firmada por Brines cuarenta años después. Esta vez está dirigida al otro "Nicolás de la Carrera" que ahora está escribiendo para ustedes. En un encuentro de poesía le acerqué el amarillento poemario. Y, sensible como siempre al paso del tiempo, su obsesión, redactó, con bellos y seguros trazos, el siguiente texto:

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CON LOS LABIOS DEL NIÑO RESCATADO

Hay dos tiempos esenciales en la vida de Brines. El tiempo mítico de la infancia, en el que no hay percepción de la temporalidad, porque "el niño existe en plenitud divina". Este momento inicial está muy ligado al espacio de Elca, la casa de su niñez en Oliva (Valencia), frente al sol, los naranjos, el mar mediterráneo... Y el tiempo del exilio, con sus sombras, sus noches, su soledad, su muerte...

La crecida de la luz, al alba, para Brines, no es una buena noticia, porque pone al descubierto la trayectoria de degradación de cada ser humano, que progresa inexorable hacia la destrucción total que representa la muerte. Pero en el poema "El regreso del mundo" evoca, como una ensoñación, como una piadosa utopía, un amanecer luminoso y feliz para un corazón de niño.

El poeta descubre, tras la ventana, alboroto de aves que celebran la luz, se desperezan, cantan. Y, en gesto trascendente de admiración y gozo, introduce la mano en la bendita pila del mar y se santigua en nombre de la vida... Pero, de pronto, le brota, de muy dentro, un frío y poderoso manantial de oscuridad. Y se siente morir, al filo de la Nada...

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EN BARCAS JUBILOSAS

Veíamos, en los últimos versos, cómo vive el poeta de Oliva la razonada pérdida del Paraíso de su infancia. Se impone la realidad: la religión es para el hombre un feliz engaño. No hay un más allá numinoso, tan sólo el más acá del dolor y la muerte. Pero, en terca meditación, le regresan una y otra vez, regurgitados, sentimientos e imágenes de aquel tiempo de oro. Cuando no estaba,

como ahora, solo: compañeros de clase, amigos, creyentes, compartían con él la alegría de la misma fe, de la misma esperanza... Volaron, como naves, a la aventura del encuentro con Dios, y han sido muchos los que, como él, fueron volviendo tristes, desengañados. Pero allá quedaron otros, ardiendo por la luz, en el alto Palacio del Dios Vivo...

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DEL CUERPO NACIÓ LA SOMBRA

Podría resultar ilustrativo el siguiente poema, que resume con claridad las estaciones del viaje iniciático hacia la luz, y la fiera estocada del rayo de la exclusión. Late, sin duda, en lo más profundo de su éxodo, la conciencia de reprobación moral que le llega de los guardianes de la ortodoxia. Pero de esto y algunas cosas más hablaremos en próximos capítulos.

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