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El CERVANTES para J. E. PACHECO 3: ostras, pulpos, sapos, rosas...

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
13 jul 2018 - 00:07
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Proseguimos el inventario lírico de personajes del mundo animal que iniciamos en pasados post (pulsar aquí y aquí). Existe una curiosa publicación en la que un artista, Francisco Toledo, a la vista de cincuenta y ocho poemas de Pacheco, divididos en varios espacios (de agua, de aire, de tierra, de fuego...), ha realizado veintiocho sugerentes dibujos. De esta obra, "Album de zoología", me permito reproducir algún párrafo, que sugiere las razones éticas que movieron la pluma y el corazón del poeta mexicano, y justifican su honda preocupación por el peligro mortal con que el "progreso" de nuestra civilización amenaza a los seres vivos y pone en riesgo nuestra propia supervivencia:

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QUIERO GOZAR LA VIDA SIN ENTERARME

La ostra es un molusco bivalvo, que generalmente vive pegado a la roca o enterrado en arena o cascajo. Se alimenta de planton y materia orgánica. Algas microscópicas quedan atrapadas en las papadas, de donde pasan a la boca. Pueden llegar a filtrar más de 200 litros de agua al día.

Mediante unos potentes músculos, cierran a voluntad las dos conchas y permanecen bien protegidas contra sus enemigos, como los cangrejos o ciertos peces. Pero carecen de ojos, de movilidad. Para Pacheco, es un vivo retrato de hombre o mujer autista, que no mira, no escucha, no se expresa...

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BROTA LA NOCHE Y ENLUTA EL MAR

Una bonita metáfora sobre el pulpo, que se traga la noche y, para defenderse, la convierte en tinta. Como es frecuente en los safaris líricos del poeta ecologista, describe, con precisión y sentimiento, la crueldad del ser humano, que se ensaña esta vez con un desvalido pulpo varado en la playa. El inteligente animal del fondo marino, muere de asfixia y sufrimiento lejos de su cueva, herido de arpón y de estacazos:

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SAPOS A ORILLAS DE SU CHARCA

En este breve poema, José Emilio Pacheco presenta una familia de sapos felices. Una observación importante: encontraréis, a veces, diversas versiones de un mismo poema. El autor mexicano, buscando la perfección, modifica, cuando lo cree necesario, algunas palabras, algunos signos de puntuación, algún interlineado, como es el caso, donde los dos últimos versos duplican la distancia (hablando de "calor del verano", se dilata la expresión, relajando al tiempo la tensión lectora, enfatizando el mensaje del verso final...). Utilizo siempre la obra "Tarde o temprano" (Poemas 1958-2000), del Fondo de Cultura Económica:

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LAS ROSAS NO FLORECEN: LLAMEAN

Su amor a la naturaleza, además de la ternura hacia los seres vivos, sobre todo hacia los más despreciados (ratas, cerdos, arañas, sapos, moscas, medusas...), incluye poemas vegetales (cardo, nueces, cebolla, tomates...). Y, ¿porqué no?, versos a las rosas. José Emilio Pacheco no posee la exuberante verborrea de Rubén Darío (exótico perfume de alquimista). Más cerca le imagino de Valente: se muerde también los labios para decir mucho en pocos versos (perturbadora esencia). Este título está incluido en el poemario "Ciudad de la memoria", y los versos finales son representativos del valor que da al recuerdo. Pasa nuestro tiempo muy deprisa, pero nos queda la deliciosa rumia, el paladeo inagotable de lo bueno vivido:

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El CERVANTES

PARA JOSÉ EMILIO PACHECO

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