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Jesús Mauleón: "Dejamos la poesía para el cielo"
En mayo de 1995, presenté en el Ateneo de Madrid mi ensayo “El Dios de Miguel Hernández” (Verbo Divino). Presidió el acto la madrileña Acacia Uceta, y de tal manera me cautivó su presencia y atenciones que, aunque ya conocía su interesante poemario “Árbol de agua” (Adonáis, 1987), me prometí descubrir más su variada producción lírica, propósito que me ha sido posible hace dos años cuando, en esmerada edición de 400 páginas, accedí a su recién publicada “Poesía Completa” (Ediciones Vitrubio, 2014).
Seducido por su lenguaje directo y cordial, su vitalidad arrolladora, su integrada espiritualidad en lo cotidiano, me pareció justo dedicar cuatro o cinco páginas de “Nido de Poesía” a dar noticia y calor a un ramito de poemas que acercasen sus versos al lector de hoy. Aunque la física voz de Acacia se hizo silencio en diciembre de 2002, conservamos hoy, regalo póstumo, luminosas y bellas radiografías de su privilegiado corazón.
LOS DOS PIMEROS LIBROS
En 1961 publica Acacia Uceta su inicial poemario, “El corro de las horas”, poesía “totalmente autobiográfica”, que “poco a poco va haciéndose más trascendente, va cargándose de preocupaciones religiosas y humanísticas…”, a juicio de la autora, que también explica: “Aprovecho lo autobiográfico para trascender a todo lo demás, incluso a lo metafísico. Es la etapa en que aflora también el amor, esa aventura que se abría entonces como un abanico ante mi vida.”
De “El corro de las horas”, seleccionamos un poema “Fecundidad”, himno vibrante a la maternidad que ella va descubriendo en su propio cuerpo. Del segundo poemario, “Frente al muro de cal abrasadora” (1967), más social, “poesía de comunión plena con la humanidad, de unión con todos los demás seres…” hemos elegido los versos de “A Enrique”, donde conversará con su esposo, Enrique Domínguez Millán, tierna y confiadamente.
MI ALMA, DE PUNTILLAS, SE ACERCA A ESTE MISTERIO
Dialoga la esposa, y madre próxima, con su pareja. Inserta su embarazo en el misterio universal de la vida, y lo equipara con la eclosión enigmática y sagrada de la primavera. Centro del universo es ahora su entraña, “redoma tibia” que recibió la semilla del amor, “y Dios hizo el milagro de hacerla germinar”.
Esperamos al primaveral ser “con su carne de nardo”, que “nos traerá en las pupilas un mensaje de Dios”. “Mi alma, de puntillas, se asoma a este misterio.” ¡Qué alegría, amado mío, “poder ofrecerte este premio sublime / que justifica toda mi vida de mujer!”.
LA ALONDRA DE ESTA UNIÓN INDISOLUBLE
Se dirige de nuevo Acacia a Enrique, celebrando el amor solidario y trascendente que satisface cada día su mutua sed de infinito. Se enumera la marcha hacia el futuro de sus hijos, la laboriosidad y amor en la pareja, se cantan la redoma, tibia y fecunda, del vientre de la mujer y el poderoso brazo del esposo, en definitivo viaje “hasta el límite mismo de lo eterno”. Lo más doloroso habrá de ser la despedida y separación final, “dejar que se escape para siempre / la alondra de esta unión indisoluble”.
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