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Surabi lleva dos meses atendiendo a los trabajadores migrantes y demás población vulnerable
El 29 de marzo, se habían conocido 50 casos positivos de coronavirus en Chennai, la capital del estado de Tamil Nadu, en el sur de la India. Con 3.000 familias aisladas al imponerse la cuarentena, empezaron a crecer las amenazas derivadas de la paralización de la actividad, a la vez que las de contagio. Los distritos de Chennai, Erode, Thiruvallur y Kanchipuram fueron identificados como zonas de alto riesgo, y se cerraron sus fronteras. “Entonces los trabajadores, inmigrantes procedentes de los estados del Norte de India, se convirtieron en las peores víctimas”, declara el padre Alphonse Arulanandam, el director de Surabi, la ONG de los salesianos tamiles.
Jornaleros informales en las obras de construcción (de edificios de viviendas y el célebre metro de Chennai) o los hornos de ladrillos, estas personas “dependen de su salario diario”, explica el salesiano: no pueden permitirse dejar de trabajar para esperar comer. “Eso de ‘quédese en casa y esté seguro’ no es una opción real para los trabajadores migrantes”, denuncia el sacerdote y trabajador social.
Los salesianos no se limitan a mover a la solidaridad con palabras, sino que tradicionalmente se han enfocado a educar y empoderar, en la práctica, a la población desprotegida. Por eso llevan dos meses apoyando a los trabajadores migrantes que, debido al encierro, no pueden volver a sus casas ni pueden continuar viviendo en el lugar de trabajo, al cerrar las empresas.
“Se han quedado fuera del radio de acción del sistema de prestaciones de servicios del Gobierno, porque no tienen contratos de trabajo con los que acceder a las ayudas que se han aprobado”, cuenta el padre Alphonse.
Esta falta de amparo durante la crisis del coronavirus ha agravado una situación de desprotección laboral previa, ya que, como explican los salesianos, el 63% de ellos no ha recibido su salario por el trabajo que han realizado en los últimos meses. Diariamente, la comunidad salesiana SIGA, en Chennai, se ha organizado junto a Surabi para ofrecer a 150 de estos trabajadores migrantes comida y cena calientes. “En toda India se está produciendo una migración inversa”, lamenta Arulanandam: al perder el trabajo, los migrantes se ven forzados a volver a sus lugares de origen, recuperar su techo.
En medio de dos encierros, los que han tenido más suerte están volviendo en los trenes especiales que ha puesto en funcionamiento el Gobierno, otros en autobuses organizados por los estados, subidos a camiones… “Pero hay muchos que se están marchando en bicicleta o a pie, porque no tienen otro medio”, relatan los salesianos. “No esperan que el Gobierno haga nada por ellos”, reconoce el padre Alphonse. “Llevan sin trabajo dos meses. Un trabajo del que dependían, para comer, las familias que les esperan en casa”.
“Las directrices sugieren que nos lavemos las manos durante 20 segundos varias veces al día, pero hay cientos de personas que no tienen acceso a agua corriente ni capacidad de comprar desinfectantes”, explica el padre Alphonse, describiendo que los salesianos no tardaron en darse cuenta de que los slums de Chennai, en los que trabajan habitualmente con proyectos formativos para niños y mujeres, iban a pasar una dura prueba durante la cuarentena. “El agua que tienen almacenada la tienen que usar para beber, limpiar la casa, lavar la ropa…”, continúa el salesiano, que no se equivocó en su diagnóstico cuando planteó llevar kits de higiene a las barriadas.
Si la primera semana atendieron a 200 familias con niños menores de 2 años, en mayo ya han alcanzado las 13.000 personas. “Dignidad, no indigencia”, es el lema con el que los salesianos y sus jóvenes voluntarios de los centros juveniles se acercan a los slums a repartir los productos de aseo y prevención esenciales: jabón, aceite de coco, compresas y, por supuesto, mascarillas. “Además de los kits, distribuimos alimentos: arroz, cereales, aceite, harina, frutas, verduras y especias, y el paquete especial de productos para bebés en el caso de que los tengan”, detalla el director de Surabi.
Vigilando las secuelas afectivas de la pandemia y la cuarentena, sobre todo en los mayores, los salesianos de Tamil Nadu también están cubriendo las necesidades de ancianos en riesgo de vulnerabilidad. “Empezamos llevando nuestro reparto a 85 ancianos con enfermedades crónicas en Vyasarpadi, y hoy apoyamos a más de 300 en toda la región”, dice Arulanandam. “Muchos dicen que es mejor morir que vivir en esta soledad”. Los salesianos tamiles, por último, han extendido su apoyo anti-crisis a otros colectivos en riesgo: 100 unidades familiares de la comunidad transgénero y 360 de grupos étnicos desfavorecidos, como gitanos y thurumbars.
“El dinero en efectivo da dignidad a la gente”, afirma el padre Alphonse. “Les permite tomar decisiones por sí mismos y sentirse útiles para su familia”. Convencidos de esta realidad, los salesianos de Tamil Nadu están tratando de arropar a los afectados por la crisis con una medida menos de emergencia, más a largo plazo. “Se trata de llegar a 1.000 hogares con un proyecto de horticultura en el patio trasero”, explica el director de Surabi. Los salesianos de Chennai proveerán con semillas y abono orgánico a las familias, con la intención de que comiencen un huerto en su patio, que a la larga pueda asegurarles una alimentación más rica. “En las zonas rurales, lo mismo”, continúa el salesiano: “Los aldeanos podrían mejorar su seguridad nutricional y completar sus ingresos”. Porque todo está íntimamente relacionado, el huerto como alternativa a la crisis será orgánico, sin pesticidas químicos, sin semillas híbridas. “Y sus agricultoras preferentes, las mujeres”, termina el salesiano.
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