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Vicario apostólico de la "Iglesia caravana" de Arabia del Sur
Una Iglesia en la cual la colaboración de los laicos es esencial; que testimonia el Evangelio en una sociedad marcada por el islam; formada por migrantes que buscan bienestar para sus familias y huyen de la persecución y de la guerra. Son los rasgos con los cuales Mons. Paul Hinder, 77 años, vicario apostólico de Arabia del Sur, describe a las decenas de miles de fieles que constituyen la comunidad católica de Abu Dabi.
No es posible tener números precisos en lo que respecta a los fieles de los emiratos, ya que ellos no tienen residencia estable y se mueven de un país a otro. En todo el Vicariato -que comprende los Emiratos, Omán y Yemen- hay cerca de un millón de católicos, frente a una población total de 43 millones. En los Emiratos, solo el 20% de la población está formado por ciudadanos locales.
Por más de una semana he podido admirar la fe, la dedicación, las preocupaciones y la alegría de estos hermanos y hermanas, desde el Domingo de Ramos hasta el Jueves y Viernes Santo, en la Vigilia Pascual, en el recuerdo del importante encuentro del Papa Francisco con las autoridades del Estado y del mundo islámico en febrero pasado.
Como conclusión de mi viaje, he planteado algunas preguntas a Mons. Hinder, referidas a qué significa ser pastor de una Iglesia que cada vez se vuelve una imagen más acabada de la Iglesia del futuro: una Iglesia a modo de “caravana” en el desierto.
Es cierto que sin el compromiso y la colaboración de los laicos no podríamos seguir adelante. La liturgia, el catecismo, la organización, requiere de la participación y de la competencia de innumerables hombres y mujeres. Tal vez, para nuestros sacerdotes, sobre todo para aquellos provenientes de ciertas experiencias culturales, no es fácil vivir esta colaboración. Sin embargo, en general, me parece que todo funciona más que bien.
En los Emiratos Árabes Unidos gozamos de un notorio nivel de tolerancia, pero debemos ser conscientes de que vivimos en una sociedad que está marcada por el islam de un modo profundo. En general, nuestra gente no tiene problemas cuando profesa que es cristiana ni al manifestarse como tal a través de signos. Por otra parte, también es cierto que para algunos, el hecho de ser cristianos les brinda menos posibilidades de trabajo, especialmente cuando se trata de crecer en la carrera.
Frente a esto, hay quien puede debilitarse y correr el riesgo de ocultar su pertenencia religiosa o incluso de convertirse al islam. Tal vez la gente piensa que al retornar a su país de origen, se puede “re-convertir” al cristianismo: lo cual no es fácil. Es cierto, nuestra gente, que muestra una religiosidad tan profunda, también puede llegar a vivir en una cierta ambigüedad: si bien conocen y aceptan los 10 mandamientos y la enseñanza de Jesús, ellos tal vez podrían no actuar en consecuencia. Pero ello forma parte de nuestra predicación, cuando decimos que los valores del Evangelio deben marcar nuestra vida, incluso y especialmente, [en aquellos espacios que están] fuera de nuestras liturgias y devociones.
A causa de la globalización, por una parte, y al desequilibrio económico presente en el mundo, por otra, la gente continuará migrando de un lado a otro en busca de “mejores condiciones”. Muchos se ven forzados a dejar su país, por las guerras, la discriminación o incluso debido a las persecuciones. Otras partes del mundo continuarán necesitando mano de obra extranjera, puesto que la demografía natural de ciertas sociedades ha dejado de funcionar.
Estos y otros factores similares llevan a una permanente migración de pueblos en el mundo, con los efectos que podemos ver aquí, de manera particular, en la región del Golfo. Dicho proceso de migración continua está cambiando no solo la faz de la tierra, sino también el rostro de la Iglesia.
Hace algunas semanas, escribí un breve artículo para una revista teológica alemana. En él, decía que aquí, en el Golfo, me siento como en una caravana: hay quien debe explorar la pista a seguir a través del desierto; tenemos que regular la velocidad en base a las personas reales que componen la caravana, para no perder a alguien en el camino y dejarlo morir de hambre en el desierto; el jefe de la caravana tal vez se encuentra delante de todos, para alentarnos y señalar el camino, o tal vez va en el medio o al final, dependiendo de la situación.
Una caravana necesita de la colaboración de todos aquellos que hacen el mismo viaje. Solo así se llegará a destino. En este sentido, pienso que aquí estamos viviendo algunos elementos importantes que marcarán a la Iglesia del mañana en otras partes del mundo.
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