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¿Hay más vocaciones en congregaciones apegadas a sus signos externos?
Me encantó el artículo de Religión Digital en el que el Papa hablaba de ser “una persona normal” y añadía que era una de las causas por las que no quiso vivir en la residencia del palacio del Vaticano: era una cuestión psiquiátrica, porque el vivir comunitariamente le libraba de ese peso que acompaña a una vida en palacio y en la soledad del rango. ¡Fenomenal!
En otra escala mucho menor, las religiosas –llamadas vulgarmente, monjas en general, lo sean canónicamente o simplemente sean eso, religiosas- durante mucho tiempo no han sido “normales”.
Por eso las que nos dedicábamos a la vida apostólica fuera de los conventos “cantábamos” mucho en la calle, en el metro y en todos los lugares públicos con nuestras vestimentas de otro siglo. Es verdad que eso llevaba –por lo menos en otros tiempos de nacionalcatolicismo- a ser más respetadas, a tener privilegios, a dejarles pasar en las colas, sentar en el metro o simplemente a que las madres les dijeran a su hijo pequeño: “Déjale el sitio a la monjita”, con ese diminutivo que a mí me reventaba.
El día que me pude quitar el hábito, pasé a ser una “mujer normal” o hasta diría que “cualquiera” en el mejor sentido de la palabra. Pasamos desapercibidas en los lugares públicos y -dedicadas a lo mismo que antes- procuramos no ser como el levita o el sacerdote que pasaron junto al herido, aquel que no fue auxiliado hasta que no pasó una personal “normal”, y encima emigrante, el samaritano.
Y aquí viene un fenómeno que no me atrevo a comentarlo en según qué lugares o medios de comunicación: ¿ser “normales” deja de ser atractivo para un tipo de jóvenes que se sienten atraídos por una visión más espectacular de la entrega con sus signos externos evidentes? Tal vez es una pregunta tonta, o no lo es tanto si se atiende a las estadísticas.
Hay dos cosas que me hacen pensar a la hora de la escasez de “vocaciones” para nuestra vida apostólica como consagradas en la vida religiosa: una es que en los países más desarrollados escasean mucho más. ¿Va por ahí la respuesta del joven rico que se marchó triste porque tenía demasiadas cosas…?
Y la otra es que si hoy hay vocaciones, éstas se dan mucho más en congregaciones que –dejando a un lado su valor y santidad en la que no me meto- siguen con signos externos lejanos a esa “normalidad” de la que hablo al principio de este artículo.
De momento, -sin angustiarme demasiado por el relevo, pero sin negar la evidencia- procuro, con mis hermanas, atenerme al Evangelio e intentar vivir como Jesús que pasó por la vida haciendo el bien y… “como un hombre cualquiera”. Texto de San Pablo a Filipenses que siempre me ha impresionado y que os lo recuerdo aquí, como complemento a mi sencilla tesis: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. (Fil. 2, 6-2-8).
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