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'Las mujeres en la Iglesia', curso on line del Boston College
La cuestión de las mujeres en la iglesia es un tema ampliamente debatido hoy en distintos foros eclesiales. En los últimos años, influidos por las reivindicaciones de las mujeres en nuestras sociedades, hemos pasado de hablar de “la mujer en la iglesia” a la “participación de las mujeres en la Iglesia”.
Y creo que este matiz es importante, porque nos aproxima más a la demanda de las mujeres creyentes, de ser visibilizadas y, a la vez, deja claro cuáles son los obstáculos en el «discipulado de iguales» (término que utiliza Elisabeth Schüssler Fiorenza en el capítulo 2 de su libro Cristología feminista crítica, Trotta, Barcelona 2000) que Jesús propuso a sus seguidores y seguidoras.
Este momento de la historia nos brinda la posibilidad de soñar una Iglesia católica renovada. Y este cambio no viene dado por una “lavada de cara” superficial, sino un cambio profundo en las estructuras de la Iglesia, como se dio en otros momentos de la historia de la Iglesia, para acercarnos más a la intuición - apenas vislumbrada- de una Iglesia comunión, sinodal y en camino.
Esto afecta a relaciones entre hombres y mujeres, recuperando en su plenitud lo que significa ser hijas e hijos de Dios, es decir, comprender definitivamente la hermandad en igualdad de dignidades. Esta dignidad implica no solo una afirmación teórica -teológica-, sino una igualdad en tareas, responsabilidades y liderazgos eclesiales.
El curso que ofrece Boston College en colaboración con otras instituciones, entre ellas la Asociación de Teólogas Españolas - que lleva más de 25 años trabajando en estas cuestiones, como se puede ver en el libro Reforma y reformas en la Iglesia de Verbo Divino, Estella 2018- aporta una mirada general de lo que significa una reforma que incluya a las mujeres en la estructura de la Iglesia no como objetos pasivos sino como sujetos activos de la propia construcción de la Iglesia.
Preguntar a las mujeres, en este caso, teólogas con una extensa experiencia en la materia, es la mejor manera de formar una opinión sobre este tema y llevarlo a nuestras comunidades para ponerlo en práctica.
Con este gesto ya estamos participando por una transformación de la Iglesia Católica para un mundo diferente. Una transformación que construya entre todos, hombres y mujeres, iglesias más acogedoras, más justas y más evangélicas (GS 83).
La práctica de una Iglesia inclusiva propicia una cultura del intercambio de las experiencias de la fe, tan enriquecedora para todas y todos.
Se trata de desarrollar una cultura del intercambio que multiplique nuestra capacidad de hablar, de sentir y de vivir a Dios, a través de un diálogo intraeclesial que no imponga un solo camino o una sola hermenéutica e ignore a las mujeres.
Ello nos hace más compasivos con el prójimo y a la vez más creativos y capaces de crecer en justicia, cuestión que repercute directamente en la vida de las mujeres y su liberación de las injusticias sociales y eclesiales.
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