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Robos en el cepillo, extorsión a feligreses o desvío de fondos, principales métodos utilizados
Resentimiento, envidia y encubrimiento de cuestiones morales. Estas serían las principales razones que llevan a los sacerdotes a pecar contra el séptimo mandamiento, al menos en los Estados Unidos, país en el que se basa el estudio que sobre este asunto ha publicado en su número de enero-junio del Journal of Forensic and Investigative Accounting, según recoge el portal Cath.ch
En el estudio se advierte, sin embargo, que, a pesar de que la confianza de que gozan los curas, así como la falta de un control efectivo sobre sus actos, que posibilitan la realización de los hurtos, la de sacerdote no se puede considerar una labor que atraiga de manera particular a los chorizos.
Los autores han recopilado información sobre delitos financieros cometidos por sacerdotes católicos durante las últimas seis décadas, centrándose en un centenar de ellos, condenados por robo o fraude en los Estados Unidos desde 1963, analizando una serie de factores ambientales y personales que están detrás de esos actos.
Los casos analizados se produjeron de media más de dos décadas después de ser ordenados, con una edad en torno a los 52 años y siendo la causa principal para el robo el resentimiento personal. “Aunque en los Estados Unidos los sacerdotes diocesanos disfrutan de una gama de beneficios, que incluyen alojamiento y comida, seguro médico, asignación de automóvil y un plan de jubilación, su nivel de pago apenas los ubica por encima del salario mínimo para un trabajo bastante exigente y precedido por mucho tiempo de estudios, señala el informe. De ahí a veces un sentimiento de injusticia y envidia. El sacerdote ladrón entonces cree que sólo toma lo que le corresponde”, señala la información.
En cuanto a las otras causas, en la mitad de ellas está el de poder acceder a un estilo de vida superior, tener recursos económicos para cuestiones de carácter sexual (12%) de los casos o para pagar deudas de juego (8,4% de los casos). Entre otras causas aparecieron también la de poder comprarse una segunda o tercera vivienda, tratar de asegurar su jubilación, ayudar a sus familiares o a causas benéficas.
Elemento destacable a la hora de caer en la tentación del robo, es lo que los investigadores llaman “la oportunidad”, que “se ve favorecida por la probable conciencia de que los detectados no serán severamente castigados y no habrá consecuencias significativas para la reputación”, así como por la falta de control, al ser en buena medida pequeñas cantidades las que van siendo sustraídas.
Y en cuanto al método, se observan cuatro principales: “Tomar dinero directamente de la colecta dominical o de cepillo para los pobres; coaccionar a feligreses ancianos y vulnerables (principalmente mujeres viudas) para que den dinero a la parroquia o al párroco personalmente bajo diversos pretextos; desviar cheques pagaderos a la parroquia a cuentas no parroquiales; ser indebidamente reembolsado por gastos personales de las finanzas parroquiales”, señala el estudio.
Finalmente, según el informe, que ha espigado el sitio católico The Pillar, “los clérigos criminales financieros comparten en común el aislamiento, el descontento con el ministerio y una relación desordenada con las estructuras de la Iglesia. Junto con la necesidad de mejorar el control financiero y los mecanismos de rendición de cuentas, el estudio destaca la importancia de la formación espiritual y personal continua de los sacerdotes a lo largo de su ministerio”.
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