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"El embargo ha ahogado al pueblo, que parece haber sido olvidado y abandonado"
Los ocho años de guerra en Siria han “destruido” un país en el cual, en el 2006, “rara vez” se veían mendigos, y donde ahora “parece imposible” no toparse con un ciudadano “que atraviese necesidades”. Es lo que cuenta el arzobispo maronita de Damasco, Samir Nassar, en un testimonio brindado a AsiaNews: el prelado condena el embargo, que “ha ahogado al pueblo sirio”, que parece “abandonado en un estado de miseria”.
En tanto, en el frente diplomático internacional, días atrás se realizó un encuentro entre la cúpula de autoridades de Rusia, Irán y Turquía, en el marco de los coloquios de Astaná (la capital de Kazajistán, ahora rebautizada con el nombre de Nur-Sultan, en honor del ex presidente). Se trata de una reunión trilateral que llevan adelante hace tiempo las naciones ubicadas en frentes opuestos en el contexto del conflicto, y que se realiza en paralelo a los (infructuosos) coloquios de paz organizados por la ONU, que hasta ahora no han determinado ningún avance real. El tema central del encuentro es la situación en Idlib, uno de los últimos bastiones del país que permanecen en manos de los grupos opositores que se baten contra Assad y de los grupos yihadistas,
A pesar de las maniobras internacionales, la realidad es que el pueblo sirio -tal como subraya el arzobispo de Damasco -lleva una “honda herida” en su humanidad. A continuación, el testimonio que él nos ha hecho llegar por escrito:
Cuando llegué a Damasco, en 2006, rara vez se encontraba a personas pidiendo limosna o ayuda. Cuando me preguntaba por los motivos de esto, un amigo sacerdote me dijo que esto era normal en una nación donde la educación y la atención médica eran gratuitas, ya que incluso los salarios más bajos alcanzaban para satisfacer todas las necesidades básicas. Y no había razones particulares que llevaran a la gente a mendigar.
Ocho años de guerra han destruido a una nación entera y a su pacífico pueblo: devastaciones inmerecidas, 600.000 muertos, 12 millones de refugiados y exiliados sin patria, una economía reducida a un estado de parálisis, una moneda carente de valor y una inflación que no deja de crecer, a la cual se suma un embargo que arrasa con lo poco que queda.
Hoy, las familias se preguntan: se estaba mejor cuando las bombas llovían sobre nosotros. Al menos, en esa época podíamos acceder a refugios e ir en busca de algún escondite. Ahora, ¿cómo hacemos para irnos, con una guerra económica tocando a nuestra puerta?
Un conflicto basado en la economía está reemplazando de manera cada vez más veloz las incursiones militares del pasado, afectando a todas las clases sociales; el embargo sobre todos los productos -y sobre todo- provenientes de Irán, ha ahogado al pueblo sirio, que parece haber sido olvidado y abandonado en un estado de miseria.
Así como en 2006 era difícil encontrar a un pobre, hoy parece imposible no toparse con un sirio que esté atravesando necesidades, forzado a afrontar problemas sociales imposibles de resolver, rodeado por la falta de trabajo que no cede, y que se ha convertido en una constante detonando una desocupación masiva.
Qué difícil es ver a esas familias cada vez más destrozadas, obligadas a pedir limosna continuamente en un intento por sobrevivir. Sin embargo, lo más difícil no es ver personas carenciadas, sino cuán profundamente ha quedado herida su dignidad humana. La amargura se constata fácilmente en los rostros de quienes ni siquiera tienen el coraje de mirarte a los ojos, para evitar nuevas humillaciones.
Frente a esta gente herida y destruida, la Iglesia continúa mirando un sepulcro vacío.
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