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"Cuando empezaron a disparar y a quemar las casas, toda la población huyó al bosque"
Hasta entonces, Aldeia da Paz hacía honor a su nombre: el de un pueblo de campesinos pobres y sin historia del norte de Mozambique, a lo largo de la gran carretera que lleva a la frontera con Tanzania. Hasta que, hace un mes, todo cambió brutalmente con la llegada de "malhechores".
"Los malhechores llegaron a las 19h00 de la tarde", se acuerda uno de los jefes de la aldea, Lucas Saimone. "Cuando empezaron a disparar y a quemar las casas, toda la población huyó al bosque" agrega, agitando nerviosamente las manos. "Nadie resultó muerto, sólo hubo algunos heridos. Pero todo quedó reducido a cenizas", añade.
El 1 de agosto, los habitantes de Aldeia da Paz se sumaron a la larga lista de víctimas de un grupo islamista sin rostro, que siembra el terror y la muerte desde hace dos años en la provincia de Cabo Delgado. Sus actividades preocupan seriamente a las autoridades del país africano, que el papa Francisco visita a partir del miércoles.
El balance de esta "yihad" sin nombre es muy elevado: al menos 300 civiles asesinados, a menudo decapitados, decenas de aldeas borradas del mapa y miles de desplazados. Desde el ataque, la vida se ha detenido en Aldeia da Paz. Del centenar de chozas del pueblo sólo quedan muros derrumbados, esqueletos de techumbres ennegrecidos por el fuego o, simplemente, montones de cenizas frías.
Sentada en una lona negra extendida sobre el suelo, Zahina Asman rumia su tristeza, mientras masca una raíz de yuca.
El grupo agresor está dejando decenas de aldeas borradas del mapa y miles de desplazados
"Esto es lo que queda de mi casa", musita la sexagenaria, mostrando con el dedo una pila de ruinas. "No mataron a nadie, pero quemaron nuestras cosechas. Es lo mismo, porque sin alimentos estamos condenados a morir...", añade.
La situación de la población es muy precaria. Las autoridades locales y Caritas, la fundación humanitaria de la Iglesia católica, distribuyeron ayuda de emergencia, pero "eso no basta", afirma Lucas Saimone.
"Lo que más necesitamos es un techo. La gente duerme a la intemperie", asegura. "También queremos que los soldados se queden aquí, nos sentiríamos más seguros". Privados de sus hogares, de cosechas y de protección, numerosos habitantes han optado por el éxodo.
Fransa Abu, por ejemplo. En noviembre pasado, huyó de su pueblo, destruido por los islamistas, para refugiarse en Macomia, a más de 50 km de distancia, con su marido y sus cuatro hijos. "Mi casa fue incendiada con todo lo que había dentro. He venido aquí para proteger a mis hijos", dice.
La joven vivió primero en un exiguo recinto prestado. Pero como las calamidades nunca llegan solas, el lugar fue arrasado en mayo por el ciclón Kenneth. Hoy, la familia se hacina en una minúscula choza de madera.
"Ahí, pescaba, cultivaba la tierra. Aquí no puedo hacer nada para alimentar a mis hijos. Tenemos hambre" se desespera su marido, Ayuba Chacur, de 30 años. "¿Los que nos atacaron? ¡Ni siquiera sabemos lo que buscan!", destaca.
Igual que este padre de familia, la población de Cabo Delgado, de mayoría musulmana -aunque en todo el país los musulmanes no superan el 20%- no comprende porqué es atacada por los yihadistas.
El grupo agresor, designado con el nombre de "Al Shabab" (los jóvenes, en árabe), habría sido formado originalmente por jóvenes de la región, adeptos a un islam integrista, y que fueron formados en escuelas coránicas de Tanzania o Somalia.
De lo demás se sabe poco. Hasta que el grupo Estado Islámico (EI) reivindicó la responsabilidad de dos recientes ataques, estos "shabab" --que atacan indiscriminadamente a cristianos y musulmanes-- jamás reivindicaron sus operaciones.
Los expertos no saben qué decir. La mayoría subraya sus similitudes con el grupo yihadista nigeriano Boko Haram. Otros aluden a una revuelta generada en la miseria de una población, impaciente por compartir los frutos de las gigantescas reservas de gas submarino descubiertas frente a las costas de la región.
"Algunos de los que fueron arrestados dicen que fueron pagados para atacar (...), no tienen ninguna convicción", constata Eliane Costa Santana, una misionera católica brasileña instalada en Mocimboa da Praia. "Pero han conseguido crear una clima de terror (...) la gente se encierra en sus hogares" agrega. "Y la presencia del ejercito no cambia las cosas", agrega.
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