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"¿Será capaz el gobierno afgano de garantizar la seguridad?"
(Agencia Fides).- El riesgo más grave que se deriva de la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán es que el país pueda recaer en una guerra civil. Hasta ahora, las negociaciones entre el gobierno y los talibanes, previstas en los acuerdos de Doha, nunca han comenzado seriamente o, al menos, no han dado ningún resultado. El plan era formar un gobierno de transición, de unidad nacional, para luego llegar a elecciones libres, que decidirían quién debía gobernar.
Pero si los partidos no se hablan, ¿cómo se puede formar un gobierno conjunto? Es mucho más fácil hacer que las armas hablen”. Así lo comenta a la Agencia Fides el p. Giovanni Scalese, sacerdote barnabita, superior de la Missio sui iuris en Afganistán, hablando sobre el anuncio de la retirada de las tropas americanas hecho hace dos días por el Presidente de los Estados Unidos Joe Biden y que se espera para el 11 de septiembre de 2021.
“En cualquier caso -continúa Scalese en la nota enviada a la Agencia Fides-, aunque los talibanes tengan la sartén por el mango, porque están mejor organizados y financiados, no creo que puedan hacerse ilusiones con restaurar el Emirato Islámico, como si estos veinte años no hubieran existido. Es posible que impongan una nueva constitución (al fin y al cabo, la actual ya prevé una "república islámica"), pero no podrán pretender anular las libertades o ignorar los derechos a los que los afganos se han acostumbrado en los últimos años. No olvidemos que los jóvenes no han conocido el Emirato y han crecido en esta nueva realidad. Las mujeres, al contrario de lo que se piensa, son una presencia numerosa, cualificada y activa en la sociedad afgana; sería impensable querer encerrarlas de nuevo en casa o en un burka”.
El barnabita, que vive en Kabul, en la capilla católica instalada en el recinto de la Embajada de Italia, señala que la elección podría socavar la seguridad y la economía del país: “¿Será capaz el gobierno afgano de garantizar la seguridad? Es legítimo albergar algunas dudas al respecto. Al igual que es más que legítimo avanzar cierta perplejidad sobre la capacidad real del gobierno para hacer funcionar la maquinaria del Estado sin poder contar con el apoyo financiero de los países occidentales. Es cierto que ahora todos juran que no abandonarán Afganistán y que seguirán apoyándolo; pero una cosa son las intervenciones de la Cooperación y otra la subvención regular de las instituciones. No me parece que se haya hecho mucho en los últimos años para relanzar la economía afgana, entre otras cosas porque la situación no lo permitía; así que no sé cómo puede continuar un país sin una economía que funcione”.
Sin embargo, según el p. Scalese, es difícil emitir un juicio sobre la elección del gobierno de Estados Unidos: “Es mejor simplemente tomar nota de la decisión, que en cualquier caso ya había sido tomada por la anterior administración estadounidense. Quienes pensaron que un cambio de guardia en la Casa Blanca bastaría para provocar un replanteamiento, evidentemente no se dieron cuenta de que a estas alturas el compromiso militar estadounidense (y el de los demás países de la OTAN) se había vuelto insostenible y, de hecho, sin perspectivas. Sólo queda esperar a ver cómo evoluciona la situación. Como cristianos, sólo podemos esperar una evolución positiva, que devuelva, después de tantos años de violencia, un poco de serenidad a este país”, concluye.
Era abril de 1978 cuando un golpe de Estado derrocó al gobierno de Mohammed Daud Khan, dando inicio a un estado de guerra que ya dura más de cuarenta años en Afganistán. A ese golpe le siguió la ocupación soviética de 1979 a 1989 y, desde principios de la década de 1990, una sangrienta guerra civil que más tarde favorecería el ascenso de los talibanes. El Emirato Islámico de Afganistán que establecieron se mantuvo hasta 2001, cuando Bush atacó el país en respuesta a los atentados del 11 de septiembre.
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