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El obispo emérito que acompañó al barco de rescate ‘Sea-Eye 4’
“Uno que pone su fe en acción”. Así es como se define Michael Wüstenberg, obispo emérito de la diócesis sudafricana de Aliwal que se enroló a finales de abril en el viaje de traslado del nuevo barco de salvamento "Sea-Eye 4", de la organización "Sea-Eye" desde Alemania a España. En la entrevista concedida a Katholisch.de ha relatado sus experiencias a bordo junto a las personas que se dedican a rescatar a los náufragos en el Mediterráneo.
Wüstenberg confiesa que en realidad hubiera querido ir a una misión de rescate en el barco "Alan Kurdi", bautizado así por la ONG en honor al niño de tres años ahogado en la playa de Bodrum, Turquía, en septiembre de 2015. Pero no pudo ser a causa de la pandemia. “Es muy triste, porque la gente sigue huyendo. En su momento, también me preocupó mucho el silencio de la información pública sobre este asunto”, ha reconocido al semanario católico alemán.
Wüstenberg llevo muchos años ocupándose de los problemas de la crisis de los refugiados. “Cuando aún era obispo en Sudáfrica —explica—, aparecieron las primeras noticias de inmigrantes ahogados en el Mediterráneo. Por ello, me alegró mucho que el Papa Francisco realizara el primer viaje tras su elección a Lampedusa, la isla italiana a la que llegan muchos refugiados a Europa. Al hacerlo, el pontífice envió una clara señal”.
Cuando el prelado volvió a Europa, hace tres años, el tema volvió a aparecer en los medios de comunicación. “Conocí a ‘Sea-Eye’ porque tengo contactos en la diócesis de Ratisbona, donde tiene su sede la organización. Fue entonces cuando surgió la idea de que un día podría ir en un barco de rescate. Antes del traslado del ‘Sea-Eye 4’, estuve allí una semana y media durante los trabajos en Rostock. No tengo formación en una profesión artesanal o técnica, pero pude ayudar en trabajos menores”, detalla.
“Muchos de los cooperantes que se encontraban allí, en su mayoría jóvenes, no tenían mucho que ver con la Iglesia, pero me impresionaron profundamente porque trabajaron con mucha fuerza y voluntad para completar el barco”, asegura Wüstenberg.
“Me aceptaron como soy. Para muchos fue al principio un poco extraño que estuviera presente un eclesiástico y luego también un obispo. Estoy seguro de que la mayoría de ellos no sabía lo que era un obispo, otros conocían este cargo sobre todo por los titulares negativos que suelen asociarse a él a la luz de las crisis actuales de la Iglesia. Algunos preguntaron si podían tutearme, como a todo el mundo. Estuve de acuerdo, por supuesto. En general, fue muy agradable estar juntos”, resume el clérigo.
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